—Déjame terminar. —Su voz temblaba, pero no se detuvo—. Acepté este trabajo porque Valentina necesita estabilidad, porque tengo habilidades que estaba desperdiciando mendigando en las calles. Y sí, porque el dinero me daría un respiro de 3 años de pánico constante. Pero jamás, nunca te mentí sobre mis intenciones. Te dije desde el principio que esto era profesional y lo es.
Eduardo se inclinó hacia delante, ignorando la punzada de dolor.
—Profesional, porque las conversaciones de medianoche, las miradas cuando crees que no veo, la forma en que tu mano temblaba cuando la sostuve en el teatro, nada de eso se siente profesional.
Antes de que Sofía pudiera responder, una vocecita interrumpió desde la puerta.
—Los adultos son tan tontos.
Valentina estaba parada en el umbral con su pijama de unicornios y expresión seria más allá de sus 7 años.
—Tía Sofi, tú quieres quedarte y don Eduardo quiere que te quedes y ambos están muriendo por dentro. —Se detuvo horrorizada por sus propias palabras—. Perdón, don Eduardo, no quise decir…
Para sorpresa de todos, Eduardo rió. Una risa real, profunda, que terminó en una tos dolorosa.
—Está bien, pequeña. Es la verdad. Me estoy muriendo, pero… —miró a Sofía directamente—. No quiero morir con mentiras entre nosotros, ni con miedo, ni con orgullo estúpido.
Sofía cerró los ojos y cuando los abrió, Eduardo vio que algo había cambiado.
—Rodrigo manipuló esas fotos —dijo Eduardo—. Lo sé porque contraté a mi propio investigador esta tarde. El Dr. Romero confirmó tu historia. Los prestamistas confirmaron que saldaste la última deuda hace 6 meses trabajando tres empleos mientras cuidabas a Valentina.
—Entonces, ¿por qué…? —Sofía parecía confundida.
—Porque necesitaba escucharlo de ti. Necesitaba ver si confiarías en mí con la verdad, incluso cuando doliera. —Eduardo extendió su mano temblorosa—. Perdóname por dudar, por lastimarte, por ser un viejo tonto que…
Sofía tomó su mano y se arrodilló junto a su silla.
—Por ser humano —terminó ella—, por tener miedo, por protegerte después de una vida de gente que solo quería tu dinero.
—Y tú —susurró Eduardo—, ¿qué quieres tú, Sofía Reyes?
Ella tocó su rostro con ternura devastadora.
—Quiero más tiempo. Quiero que esta enfermedad desaparezca y tengamos años, no meses. Quiero no enamórame de un hombre que va a romperme el corazón al morir. Pero más que nada… —su voz se quebró—. Quiero dejar de tener miedo de sentir algo real.
Eduardo usó sus últimas fuerzas para incorporarse de la silla con Sofía sosteniéndolo. Valentina corrió a ayudar y entre las dos lo llevaron hasta quedar de pie tambaleándose.
—Vámonos —dijo Eduardo—, al parque donde todo comenzó.
20 minutos después, bajo los mismos árboles donde una niña había chocado con su silla y cambiado su vida, Eduardo tomó ambas manos de Sofía.
—No tengo tiempo para noviazgos largos o propuestas perfectas —dijo con el sol poniente dorando su cabello gris—. Tengo quizás dos meses, 60 días, y soy afortunado. Y quiero pasar cada uno de esos días amándote sin miedo, sin mentiras, sin orgullo.
Sofía lloraba abiertamente.
—Ahora, Eduardo… cásate conmigo.
Las palabras salieron como un ruego, no como una orden.
—No por el dinero. Ya arreglé todo eso hace semanas antes de que esto… —señaló entre ellos— se volviera lo que es. Hay una fundación que llevará el nombre de Carlos y financiará un hospital público. Tú y Valentina estarán protegidas sin importar lo que elijas. Cásate conmigo porque me amas o porque podrías amarme o simplemente porque estos últimos dos meses han sido los más reales de mi vida entera.
—Sí —susurró Sofía—. Dios, sí, pero cásese conmigo mientras esté despierto, viejo terco. ¡No me deje…!
Eduardo colapsó. El mundo se volvió borroso, voces gritando, sirenas distantes. Sintió las manos de Sofía sobre su pecho, su voz profesional dando órdenes, pero sonaba tan lejos. En la ambulancia escuchó fragmentos. “Presión cayendo”. “Necesitamos al oncólogo”. “Señora, tiene que dejarnos trabajar”. Y la voz de Sofía, rota pero firme: “Si se muere antes de casarse conmigo, Eduardo Santillana, iré al infierno a buscarlo”.
Eduardo intentó sonreír. Luego todo se volvió negro.
Eduardo despertó con el olor antiséptico del Hospital Alemán quemándole la nariz y la mano de Sofía apretando la suya como si pudiera anclarlo a la vida por pura fuerza de voluntad.
—Hola —susurró con voz áspera—. Me perdí la boda.
Sofía rió y lloró al mismo tiempo.
—Idiota, me asustaste tanto.
El doctor Mendoza entró con una expresión grave que Eduardo conocía demasiado bien.
—Don Eduardo, necesitamos hablar sobre expectativas realistas.
—Dígame la verdad. —Eduardo apretó la mano de Sofía—. Ella se queda.
El doctor vaciló, luego asintió.
—El tumor está creciendo más rápido de lo anticipado. Tres semanas, quizás cuatro. Lo siento, tres semanas.
21 días para toda una vida de amor que debió haber tenido décadas.
—Entonces, no perdamos tiempo —dijo Eduardo—. Sofía, ¿todavía quieres casarte con un hombre que tiene fecha de caducidad?
—Más que nunca —respondió ella sin vacilar.
Cinco días después, bajo los mismos árboles del parque Tres de Febrero, donde el destino los había unido, Eduardo Santillana se casó con Sofía Reyes en una ceremonia a la que asistieron exactamente siete personas. La jueza, Martínez el guardaespaldas, la doctora Mendoza como testigo médico, dos enfermeras, Valentina como dama de honor y ellos dos.
Eduardo estaba tan débil que apenas podía estar de pie, pero rechazó la silla de ruedas.
—Me caso de pie —insistió apoyándose en Sofía—, como un hombre, no como un inválido.
Cuando llegó el momento de los votos, su voz temblaba, pero era clara.
—Sofía, pasé 78 años construyendo muros. Tardé 78 años en aprender que la riqueza real no se mide en pesos o propiedades. Tú me enseñaste en tres meses lo que significa estar vivo. Y si tuviera que volver a empezar, pasaría otros 78 años buscándote solo por estos 21 días a tu lado.
No había un ojo seco cuando Sofía respondió:
—Eduardo, Carlos me enseñó qué es amar desesperadamente. Tú me enseñaste que nunca es tarde para volver a empezar, que el amor no tiene cronómetro ni fecha de vencimiento. Me prometiste 60 días. Te voy a dar el mejor cada segundo de los días que nos queden.
El beso fue suave, dulce y sabía a lágrimas y esperanza.
Rodrigo intentó interrumpir la ceremonia con una orden judicial de último minuto, alegando incapacidad mental de Eduardo. La jueza lo echó personalmente después de que Eduardo recitara de memoria los últimos tres balances trimestrales de su empresa.
—Señor Santillana, su sobrino nieto ya no representa sus intereses legales —declaró la jueza—. ¿Desea presentar cargos por intento de fraude?
—No —dijo Eduardo cansado—. Solo quiero que se vaya y me deje vivir lo que me queda en paz.
Las tres semanas siguientes fueron simultáneamente las más largas y más cortas de la vida de Eduardo. Hubo mañanas buenas donde desayunaban los tres juntos en la terraza y Valentina les leía sus cuentos favoritos. Hubo tardes donde el dolor era tan intenso que Eduardo solo podía apretar la mano de Sofía y concentrarse en respirar. Escribió cartas: una para cada cumpleaños de Valentina hasta que cumpliera 18. Otra para su graduación, otra para su boda.
—¿Cómo sabes que me voy a casar? —preguntó Valentina sentada en el borde de su cama.
—No lo sé —admitió Eduardo—. Pero si lo haces, quiero que sepas que tu abuelo honorario habría estado muy orgulloso.
En la novena noche, Eduardo llamó a Sofía a su lado.
—No tengo miedo —dijo. Y era verdad—. Por primera vez en mi vida no tengo miedo de nada. Porque viví, Sofía, realmente viví.
—Lo sé —susurró ella, acostada junto a él en la cama con Valentina dormida en un sillón cercano—. Lo sé, mi amor.
—¿Me harás un favor? —Eduardo acarició su cabello—. El hospital, el que planeamos construir. Nómbralo, Hospital Carlos Eduardo Reyes Santillana. Ambos nombres, para que tu primer amor y tu último amor puedan salvar vidas juntos.
Sofía no pudo hablar, solo asintió contra su pecho. Eduardo cerró los ojos. Podía escuchar la respiración suave de Valentina, sentir el calor de Sofía contra él, oler las flores que ella había puesto en su mesa de noche esa mañana.
—Gracias —susurró—, por enseñarme lo que importa.
—Gracias a ti —respondió Sofía—, por elegir amarnos cuando podías haber elegido morir solo.
—Sofía.
—Sí.
—Familia —dijo Eduardo y sonrió—. Finalmente tengo familia.
Fueron sus últimas palabras. Se quedó dormido con esa sonrisa en el rostro y no despertó. El monitor cardíaco emitió su sonido continuo. A las 3:47 a.m., Valentina despertó y corrió a la cama, y los tres se abrazaron una última vez mientras Eduardo se iba en paz, rodeado de las dos personas que habían convertido sus últimos meses en toda una vida de amor.
Una semana después del funeral, el abogado de confianza de Eduardo —no Rodrigo— llamó a Sofía a su oficina.
—Hay algo que don Eduardo quería que viera.
Puso un video grabado tres días antes de la muerte de Eduardo. En la pantalla, Eduardo aparecía demacrado, pero en paz.
Leave a Comment