Rodrigo Santillana irrumpió en la habitación como una tormenta. A sus 45 años era la versión joven y hambrienta de lo que Eduardo había sido. Ambicioso, calculador, impaciente.
—Rodrigo. —Eduardo suspiró—. No te esperaba hasta el viernes.
—¿Esperabas que esperara después de que Martínez me dijera que metiste a dos extrañas en tu casa? —Los ojos de Rodrigo se posaron en Sofía con desconfianza apenas disimulada—. ¿Quién es ella?
—Mi enfermera —respondió Eduardo fríamente—. Y te sugiero que moderes tu tono.
—¿Tu enfermera, tío? Por favor, sé exactamente lo que es. —Rodrigo se volvió hacia Sofía con una sonrisa desagradable—. ¿Cuánto tiempo le tomó encontrar a un viejo rico y moribundo? ¿Un día? ¿Dos?
Sofía palideció, pero antes de que pudiera responder, Eduardo golpeó el brazo de su silla con furia.
—¡Fuera! ¡Ahora, Rodrigo!
—Tío, solo estoy protegiéndote de…
—¡Fuera o buscaré otro abogado!
Rodrigo se fue, pero no sin antes lanzarle a Sofía una mirada que prometía problemas futuros. Cuando la puerta se cerró, Eduardo se volvió hacia Sofía, quien temblaba visiblemente.
—Lo siento, Rodrigo es complicado. Es su único pariente vivo.
—Dijo Sofía con voz hueca—. Y acabo de darme cuenta de que acabo de meterme en algo mucho más complicado que solo cuidar a un paciente terminal.
Esa noche, pasada la medianoche, Eduardo despertó con un dolor punzante en el pecho. Intentó alcanzar el botón de llamada, pero sus dedos no respondían. El pánico lo invadió por primera vez desde el diagnóstico. La puerta se abrió y Sofía apareció en pijama, su entrenamiento médico activándose instantáneamente.
—No se mueva, respire conmigo.
Su voz era firme, profesional, pero Eduardo sintió su mano temblar cuando tomó su pulso. Mientras ella trabajaba, Eduardo agarró su mano con desesperación y susurró algo que ni siquiera estaba seguro de haber dicho en voz alta.
—No quiero morir solo.
Los ojos de Sofía se encontraron con los suyos en la penumbra y por un momento él vio no solo a una enfermera profesional, sino a una mujer que entendía exactamente lo que significaba esa soledad.
—No lo hará —prometió ella—. Ahora respire.
Seis semanas. Ese era el tiempo que llevaban viviendo bajo el mismo techo cuando Eduardo se dio cuenta de algo aterrador. Se había enamorado de su enfermera.
No había sido repentino. Había sido un goteo constante de momentos pequeños que se acumulaban como agua, erosionando piedra. La forma en que Sofía preparaba su morfina a las 3 de la madrugada sin quejarse nunca. Cómo corregía firmemente a Valentina cuando la niña acumulaba pan bajo su almohada, un hábito que la pequeña no podía dejar desde sus días en la calle.
—No necesitas esconder comida, mi amor. —escuchó Eduardo decir a Sofía una noche—. Aquí siempre habrá comida mañana, te lo prometo.
—Pero, ¿y si nos tenemos que ir? —La voz de Valentina temblaba—. Como cuando nos fuimos de la casa de tía Ana, como cuando nos fuimos del refugio de la iglesia.
Eduardo sintió algo retorcerse en su pecho, que no tenía nada que ver con el cáncer que estaba devorándolo por dentro.
Las conversaciones nocturnas habían comenzado en la tercera semana, cuando el dolor era demasiado intenso para dormir y Sofía se quedaba despierta con él, más por compasión que por obligación profesional.
—¿Cómo era él? —preguntó Eduardo una noche, refiriéndose al esposo muerto de Sofía—. ¿Carlos?
Sofía guardó silencio tanto tiempo que Eduardo pensó que no respondería. Estaba sentada en la silla junto a su cama, la luz tenue del velador creando sombras en su rostro cansado.
—Era pediatra —dijo finalmente—. Gracioso, brillante, impulsivo. Cuando le diagnosticaron leucemia, gastó todos nuestros ahorros en tratamientos experimentales. Yo le dije que parara, que aceptara lo inevitable, pero él… —su voz se quebró—. Él quería vivir desesperadamente y yo lo amé tanto que lo dejé destruirnos financieramente solo por 6 meses más de vida.
—¿Se arrepiente?
—Todos los días —admitió Sofía—. Y nunca. Es complicado.
Eduardo entendía “complicado”, especialmente ahora que cada vez que Sofía tocaba su brazo para verificar su presión arterial, él tenía que recordarse que ella estaba ahí por dinero, no por él.
Pero luego estaba la noche del teatro.
—Necesito salir de esta casa antes de volverme loco —había declarado Eduardo después de 8 semanas de confinamiento—. Vamos al Teatro Colón, los tres.
Sofía había protestado, preocupada por su salud deteriorada, pero Eduardo fue inflexible. Ahora, sentado en el palco privado con Valentina dormida en su regazo y Sofía a su lado viendo el ballet, Eduardo pensó que valía la pena morir si estos eran sus últimos momentos de vida real.
Durante el segundo acto, Sofía se inclinó hacia él.
—Gracias —susurró—. Hace 3 años que Valentina no ve algo tan hermoso.
Sus rostros estaban a centímetros de distancia. Eduardo podía oler su perfume simple, ver las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos.
—De nada —logró responder. Y cuando su mano buscó la de ella en la oscuridad, Sofía no se apartó.
El flash de la cámara los cegó cuando salían del teatro. Para el desayuno siguiente, la foto estaba en tres periódicos: “El magnate Santillana y su misteriosa acompañante”. Los titulares especulaban: “Romance de último minuto”, “¿Quién es la mujer que conquistó al soltero más codiciado de Buenos Aires?”.
—Esto es un problema —dijo Sofía mirando los periódicos con pánico—. La gente va a pensar…
—¿Qué van a pensar? —preguntó Eduardo tomando su café matutino con manos que temblaban más cada día—. ¿La verdad?
Sofía lo miró directamente a los ojos.
—No hay ninguna verdad, don Eduardo. Yo soy su empleada. Nada más.
—Nada más. —Eduardo sintió algo peligroso burbujeando en su pecho, mezcla de frustración y dolor—. Así que las últimas ocho semanas no significaron nada. Las conversaciones hasta el amanecer, la forma en que me miras cuando crees que no me doy cuenta…
—Don Eduardo…
—Eduardo. Solo Eduardo.
Su voz se suavizó.
—Y sé que sientes algo. Lo sé porque yo también lo siento.
—Y me aterra porque no tengo tiempo, Sofía. No tengo tiempo para un cortejo apropiado o citas lentas o…
—¡Pare! —Sofía se levantó bruscamente derramando su café—. Usted está confundiendo gratitud con amor, está solo y asustado. Y yo soy conveniente.
—¿Conveniente? —Eduardo rió amargamente—. Dios, eres todo menos conveniente. Eres obstinada, orgullosa. Te niegas a aceptar ayuda incluso cuando claramente la necesitas. Y aún así, cuando cierro los ojos por la noche, lo último que quiero ver es tu rostro.
El silencio que siguió fue interrumpido por Valentina entrando a la cocina, arrastrando su manta favorita.
—¿Por qué están peleando? —preguntó con ojos enormes, llenos de miedo—. ¿Nos tenemos que ir?
—No, mi amor. —Sofía se agachó instantáneamente—. Nadie se va a ningún lado.
Pero Eduardo vio la verdad en sus ojos. Estaba aterrada de quedarse y aún más aterrada de irse.
Esa tarde, mientras Sofía llevaba a Valentina al parque, Rodrigo apareció en su estudio sin anuncio previo.
—Tío, necesitamos hablar.
Eduardo levantó la vista de su laptop, donde había estado mirando sin ver las mismas hojas de cálculo durante una hora.
—Si vienes a dar otro discurso sobre Sofía…
—Hice investigar. —Rodrigo dejó caer una carpeta gruesa sobre el escritorio—. Investigar de verdad esta vez y encontré cosas interesantes.
Eduardo abrió la carpeta con manos temblorosas. Fotos. Docenas de fotos de Sofía con hombres que claramente eran prestamistas. Documentos de deudas y lo peor, una foto borrosa de Sofía entrando a un hotel caro con un hombre mayor hace dos años.
—Esto no… —Eduardo sintió náusea—. Tiene que haber una explicación. De verdad.
Rodrigo se inclinó sobre el escritorio.
—Tío, sé que estás solo. Sé que tienes miedo de morir, pero esta mujer tiene un patrón. Deudas masivas, desesperación y de repente aparece un hombre rico. ¿No te parece demasiada coincidencia?
Eduardo miró las fotos hasta que las palabras se volvieron borrosas. El dolor en su abdomen se intensificó, pero era insignificante comparado con el dolor en su pecho.
—Sal de mi casa —susurró.
—Tío…
—¡Sal y llévate estas… estas mentiras contigo!
Pero después de que Rodrigo se fue, Eduardo no tiró la carpeta. Se quedó mirándola durante horas, mientras la luz del atardecer se desvanecía y las sombras crecían. Cuando Sofía regresó con Valentina, él estaba esperándola en el salón, la carpeta sobre sus rodillas.
—Necesitamos hablar —dijo con voz helada que no reconoció como suya—, ¿sobre quién eres realmente?
Y vio el momento exacto en que algo se rompía en los ojos de Sofía, algo que quizás nunca podría reparar.
—¿El hotel Alvear? —Sofía miraba la foto borrosa con expresión de incredulidad—. En serio, Eduardo, ¿de verdad crees que yo…
—No sé qué creer. —Eduardo odiaba cómo sonaba su voz, pequeña y rota—. Dime que hay una explicación, por favor.
Sofía tomó la foto con manos temblorosas. Eduardo notó que había adelgazado en las últimas semanas, llevando el peso de cuidarlo a él y de proteger a Valentina.
—Ese hombre es el doctor Gustavo Romero —dijo finalmente su voz cargada de una emoción que Eduardo no podía descifrar—. Oncólogo, era el médico de Carlos. Esa reunión fue dos meses después del funeral de mi esposo. Los prestamistas me estaban amenazando y yo… —su voz se quebró—. Fui a suplicarle que falsificara documentos diciendo que los tratamientos experimentales nunca ocurrieron, que las deudas no eran legítimas.
Eduardo sintió algo aflojarse en su pecho.
—Y me dijo que no, que entendía mi desesperación, pero que no comprometería su licencia médica. Me compró el almuerzo, me dio el número de un abogado de bancarrota y me pagó el taxi a casa. —Sofía dejó caer la foto—. Esa es tu gran evidencia de que soy una cazafortunas: una comida que no tuve que pagar.
—Las otras fotos son reales —admitió Sofía. Y su honestidad brutal le dolió más que cualquier mentira—. Esos son prestamistas, algunos legales, otros no tanto. Después de que Carlos murió, yo debía 3 millones de pesos. ¡3 millones, Eduardo! Vendí mi casa, mi auto, las joyas de mi madre y todavía no fue suficiente. Así que sí, me reuní con hombres peligrosos en lugares públicos, rogando por más tiempo, ofreciendo planes de pago que ambos sabíamos que nunca podría cumplir.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, un gesto tan lleno de dignidad desesperada que Eduardo sintió vergüenza quemándole la garganta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque es humillante —estalló Sofía—. Porque cada vez que miro estas paredes de mármol y estos muebles que probablemente cuestan más que todas mis deudas juntas, me recuerdo que soy una fracasada que no pudo salvar a su esposo ni mantener a su sobrina fuera de las calles.
—Sofía, no…
Leave a Comment