Mauro tardó varios segundos en reaccionar. Miró la carpeta, luego la fachada de la casa, luego a su madre, como si esperara que alguno de nosotros dijera que todo era una exageración. Pero nadie habló.
—Eso es absurdo —dijo al fin—. Rebeca, diles que paren esta tontería.
—No es tontería —respondí—. Es el resultado de años de abuso.
Patricia dio un paso hacia mí con el dedo levantado.
—Abuso es lo que nos estás haciendo tú. Después de todo lo que mi hijo te ha dado.
Tuve que contener la risa. ¿Qué me había dado Mauro? Insomnio, vergüenza, mentiras, huecos financieros y una suegra que se creía dueña de mi vida. Pero lo más grave ni siquiera era eso.
Verónica abrió otra carpeta.
—Aquí están los documentos del fideicomiso. La señora Rebeca Duarte es la única beneficiaria. El señor Beltrán no tiene derechos de propiedad, ni su madre, ni ningún miembro de su familia.
Jimena soltó un insulto por lo bajo.
Mauro se acercó a mí, bajando la voz, fingiendo una calma que no sentía.
—Podemos arreglar esto en privado. No tenías por qué humillarme así.
Lo miré de frente. Ya no vi al hombre encantador que conocí en una inauguración de arte en San Miguel de Allende. Vi a un oportunista desesperado, acorralado por sus propias trampas.
—Tú me humillaste durante años —le dije—. Solo que creías que yo nunca iba a responder.
Entonces Verónica soltó la bomba que terminó de quebrar la escena.
—Además del uso fraudulento de la tarjeta, hemos encontrado transferencias irregulares desde una de las empresas de mi clienta a una sociedad llamada Altavista Capital del Bajío. Sociedad vinculada indirectamente con usted.
Mauro palideció tanto que por un momento pensé que se desmayaría.
Patricia frunció el ceño.
—¿De qué están hablando?
Yo tampoco dije nada. Quería escuchar hasta dónde llegaba.
Verónica siguió:
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