Elena Morales, de treinta y cuatro años, apretaba el teléfono contra su oreja con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Llevaba siete años trabajando como empleada doméstica en aquella casa de cristal y silencios, limpiando, cocinando y organizando la vida de un hombre que jamás se había detenido a preguntarle si ella también tenía una.
Pero en ese momento, las reglas y la rígida distancia profesional no importaban.
Las lágrimas rodaban ardientes por sus mejillas curtidas por el trabajo mientras su voz se quebraba en un susurro desesperado.
—Por favor, señora Carmen… mi hija necesita un padre para mañana y ya no sé qué más hacer —sollozaba Elena, intentando ahogar el sonido con su mano libre.
Al otro lado de la línea, la mujer que solía cuidarla escuchaba con el corazón encogido.
—Mañana es el Día del Padre en la escuela de Sofía. Todos los niños irán con sus papás, harán manualidades, se tomarán fotos… y mi niña, mi pequeña de apenas cuatro años, me abrazó esta mañana llorando.
Elena cerró los ojos con fuerza, mientras las palabras le salían entrecortadas.
—Me preguntó si podía inventar un papá, decir que estaba de viaje. Me dijo que si se portaba muy bien, tal vez Dios le mandaría uno, aunque fuera por un solo día, para que los otros niños no la miraran feo.
El dolor en el pecho de Elena era asfixiante.
Su hermano estaba lejos trabajando. Su padre había fallecido años atrás. Y el hombre que le dio la vida a Sofía era apenas un fantasma del pasado.
No tenía absolutamente a nadie.
La sola idea de tener que llamar a la maestra para decirle que su pequeña no asistiría, de imaginar a Sofía mirando por la ventana de su modesto apartamento mientras los demás niños celebraban, le desgarraba el alma.
Elena se dejó caer contra la encimera reluciente, creyendo que su vulnerabilidad estaba a salvo en la soledad de aquella inmensa casa.
No escuchó la pesada puerta de madera abrirse.
No sintió los pasos suaves sobre el suelo de mármol.
No se dio cuenta de que no estaba sola… hasta que una presencia imponente a sus espaldas heló la sangre en sus venas, a punto de desatar una tormenta emocional que derribaría los muros de dos mundos completamente distintos.
—¿A qué hora es esa fiesta? —preguntó una voz masculina, profunda y ligeramente insegura.
Elena giró sobre sus talones, con el corazón latiéndole desbocado en la garganta, casi dejando caer el teléfono al suelo.
Allí estaba Sebastián Westwood, su jefe.
Un hombre de treinta y cinco años, heredero de un imperio incalculable, al que las revistas financieras apodaban “El Tiburón” por su frialdad implacable en los negocios, pero que en el fondo vivía prisionero de su propio y silencioso vacío.
Sebastián nunca llegaba a casa a esa hora.
Y ahora la miraba no con la indiferencia distante y calculadora de siempre, sino con una extraña mezcla de asombro y preocupación genuina en sus ojos color avellana.
Llena de vergüenza y pánico, Elena cortó la llamada apresuradamente y se secó el rostro con el dorso de las manos.
—Señor Westwood, discúlpeme —tartamudeó, alzando la barbilla para intentar recuperar algo de su compostura profesional—. No sabía que había llegado temprano. No debí hacer una llamada personal. Terminaré mis labores y me retiraré…
—Elena, espere —la detuvo él.
Era la primera vez en siete largos años que la llamaba por su nombre.
—Escuché lo que dijo. No estaba espiando. Llegué antes porque cancelaron una reunión… pero lo escuché. Y no voy a permitir que una niña de cuatro años sufra de esa manera si yo puedo evitarlo.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Iré con Sofía. Yo seré ese padre por un día.
El mundo de Elena pareció detenerse.
El mundo de Elena pareció detenerse.
Durante un segundo creyó que había escuchado mal.
—¿Qué… qué dijo, señor? —susurró, sintiendo que el suelo de mármol se volvía inestable bajo sus pies.
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