Eran las tres de la tarde de un miércoles de octubre, y la imponente cocina de mármol de la mansión Westwood se sentía más fría e inmensa que nunca.

Eran las tres de la tarde de un miércoles de octubre, y la imponente cocina de mármol de la mansión Westwood se sentía más fría e inmensa que nunca.

Sebastián dio un paso al frente. Ya no estaba el empresario implacable que firmaba contratos millonarios sin pestañear. Frente a ella había un hombre que parecía debatirse con algo mucho más profundo que una simple decisión impulsiva.

—Dije que iré —repitió con voz firme—. Dígame a qué hora es y allí estaré.

 

Elena negó lentamente con la cabeza.

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