Sebastián dio un paso al frente. Ya no estaba el empresario implacable que firmaba contratos millonarios sin pestañear. Frente a ella había un hombre que parecía debatirse con algo mucho más profundo que una simple decisión impulsiva.
—Dije que iré —repitió con voz firme—. Dígame a qué hora es y allí estaré.

Elena negó lentamente con la cabeza.
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