PARTE 2
El cañón frío del arma se clavó bruscamente en las costillas de Elena antes de que pudiera siquiera gritar. Diego la agarró del cabello con 1 fuerza brutal, tapándole la boca con su mano sudorosa. “Mírate nada más, la pequeña heroína del Patrón”, susurró Diego, su aliento apestando a alcohol y rencor. “Te metiste en el negocio equivocado, maldita gata”.
Sin darle tiempo a reaccionar, Diego la arrastró por la maleza hasta llegar a 1 camioneta blindada oculta entre los agaves. La lanzó al asiento trasero, atándole las manos con 1 cuerda rasposa y cubriendo su cabeza con 1 costal negro. El motor rugió y el vehículo aceleró por los caminos de terracería, alejándose de la hacienda. En la oscuridad, Elena solo podía pensar en Alejandro. Sabía que El Patrón iba a enloquecer, y eso era exactamente lo que Diego quería: usarla como cebo para quebrar la fría cordura de su hermano mayor.
Mientras tanto, en la hacienda, el caos estalló a las 3 de la madrugada. Alejandro había llamado a Elena para revisar unos documentos y, al no encontrarla, mandó a revisar las cámaras. Las grabaciones del perímetro trasero habían sido manipuladas, 1 trabajo interno. Alejandro destrozó el escritorio de caoba de 1 solo golpe. La furia en su rostro aterrorizó hasta a sus hombres más sanguinarios.
“¡Nadie duerme hoy!”, rugió Alejandro, cargando su propia arma. Felipe, el jefe de seguridad, se acercó con el rostro pálido. “Patrón, el GPS del celular de su hermano Diego marca hacia la vieja destilería abandonada en la sierra. Y… Diego apagó su radio desde hace 1 hora”.
Alejandro sintió que la sangre se le helaba. La traición no venía de los cárteles rivales, venía de su propia sangre. “Reúne a 30 hombres”, ordenó con una frialdad que asustaba más que sus gritos. “Vamos por ella. Y si le tocó 1 solo cabello, esta noche habrá 1 funeral en la familia”.
A 40 kilómetros de ahí, la vieja destilería olía a fermento podrido y humedad. Le arrancaron el costal a Elena. Las luces amarillentas parpadeaban. Diego caminaba a su alrededor, apuntándole a la cabeza mientras 4 de sus hombres vigilaban las entradas. “Mi hermano es 1 monstruo, ¿sabes?”, le dijo Diego, riendo amargamente. “Toda la vida humillándome, creyéndose el rey de Jalisco. Pero hoy… hoy el rey va a caer. Y todo porque se enamoró de 1 simple empleada”.
Elena levantó el rostro, con lágrimas de rabia rodando por sus mejillas. “No tienes idea de con quién te estás metiendo. Él no va a detenerse. Te va a destruir”.
“Para eso lo traje, chula”, respondió Diego con 1 sonrisa perversa.
De repente, las pesadas puertas de metal volaron en pedazos impulsadas por 1 explosión que sacudió los cimientos del edificio. El polvo y el humo cubrieron el lugar. Los hombres de Diego comenzaron a disparar a ciegas, pero fueron abatidos en menos de 10 segundos por la precisión quirúrgica del equipo de Alejandro. Entre la neblina, surgió la figura imponente del Patrón. Sus ojos oscuros escanearon el lugar hasta encontrar a Elena.
Pero antes de que Alejandro pudiera avanzar, Diego agarró a Elena por el cuello, poniéndola como escudo, y presionó el cañón de su pistola directamente contra la sien de la joven.
“¡Ni 1 paso más, Alejandro!”, gritó Diego, sudando frío. “Tiras el arma o le vuelo la cabeza aquí mismo. ¡Hazlo!”.
El silencio en la destilería fue sepulcral. Los hombres de Alejandro mantenían la mira fija en Diego, esperando la orden. Alejandro miró a Elena. Vio el terror en sus ojos, el labio partido, las marcas rojas en sus muñecas. El hombre más temido de Jalisco, el líder intocable, sintió cómo se le desgarraba el alma.
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