El camino era una cicatriz de tierra roja. Al llegar, encontró las ruinas de una casa de adobe consumida por el tiempo y, a 15 metros, el brocal de piedra de un pozo que llevaba 20 años seco. El calor era infernal. Elena bajó al pozo con una cuerda y, buscando entre la oscuridad y el polvo, encontró una enorme roca con la forma exacta de un corazón. Con las manos sangrando, logró remover la laja. Debajo, envuelto en plástico grueso, había un paquete de metal.
Justo cuando Elena sacó el paquete y comenzó a trepar hacia la superficie, el sonido de motores rompió el silencio del cañón. 3 camionetas negras sin placas se detuvieron frente a las ruinas. Desde el fondo del pozo, Elena escuchó la voz inconfundible de su cuñado Vicente.
“¡Rocíen gasolina en la casa y en el pozo!”, gritó Vicente, riendo con crueldad. “Don Arturo paga 500000 pesos si nos aseguramos de que la viuda desaparezca hoy mismo con sus piedras”.
El olor a combustible inundó el aire sofocante mientras el sonido de un encendedor metálico hizo eco en las paredes del cañón. Era imposible imaginar la pesadilla que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
El instinto de supervivencia es una fuerza primitiva. Cuando el primer trapo en llamas cayó por la boca del pozo, iluminando la oscuridad con un resplandor naranja, Elena no gritó. Se pegó a la pared más húmeda y fría de la cavidad, esquivando el fuego que aterrizó sobre la tierra seca del fondo. Arriba, las risas de los hombres de don Arturo y de su propio cuñado se mezclaban con el crepitar de las viejas vigas de adobe de la casa en ruinas.
“¡Ahí te quedas, cuñadita!”, gritó Vicente desde el borde. “¡Mateo era un idiota por meterse donde no lo llamaban, y tú eres igual de estúpida!”.
Elena cargó la escopeta, apuntó hacia el brocal iluminado y apretó el gatillo. El estruendo del disparo de calibre 12 resonó en el cañón como un trueno ensordecedor. Los perdigones destrozaron la orilla de piedra, lanzando esquirlas que hicieron gritar de dolor a uno de los hombres. El pánico se apoderó de los atacantes. Sin saber cuántas armas había abajo o si Elena estaba sola, los matones corrieron hacia las camionetas. Vicente soltó una maldición antes de arrancar a toda velocidad, dejando tras de sí una nube de polvo y el rancho ardiendo.
Cuando el silencio regresó, interrumpido solo por las llamas moribundas de la casa, Elena salió del pozo cubierta de hollín, tosiendo, pero aferrando el paquete de metal contra su pecho. Pasó la noche en vela, escondida entre las rocas del cañón, iluminada por la luna del desierto. Con las manos aún temblando, abrió la caja.
Adentro no había dinero. Había 1 cuaderno de contabilidad, 15 escrituras de tierras y 1 carta escrita con la caligrafía apretada de su esposo. Elena encendió una pequeña linterna y comenzó a leer. Lo que descubrió la dejó sin aliento, convirtiendo su miedo en una rabia helada y absoluta.
El cuaderno era un registro detallado de los crímenes de don Arturo Garza. Durante 12 años, el cacique había robado propiedades a campesinos y viudas, falsificando firmas con la ayuda de notarios corruptos para construir su imperio agavero. Pero eso no era lo peor. En las últimas páginas, Mateo había documentado cómo el gobierno federal había asignado fondos millonarios para la construcción de una presa y sistemas de riego, dinero que Garza había desviado a cuentas fantasma.
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