Cuando Mauricio dejó caer el ramo de alcatraces sobre el mármol de la sala y vio a su esposa embarazada de 7 meses arrodillada en el piso, empapada con agua sucia y restregándose la piel hasta dejarse ronchas, entendió de golpe que llevaba demasiado tiempo confundiendo el dinero con el amor.
Nunca se había sentido un mal esposo. Al contrario: durante años se contó a sí mismo que matarse trabajando era la prueba más grande de lealtad. Tenía 32 años, era subdirector en un banco importante de Santa Fe y su vida se había convertido en una cadena de juntas, reportes, cenas con clientes, llamadas a deshoras y vuelos que siempre parecían más urgentes que su propio cansancio. Cada vez que Sofía le decía que lo extrañaba, él la abrazaba por unos segundos, le besaba la frente y le prometía que todo ese esfuerzo era para ellos, para la casa, para el bebé, para el futuro que merecían.
Y Sofía, que no tenía padres, ni hermanos, ni una tía cercana, ni una sola red de apoyo más allá de él, sonreía con esa tristeza dócil que él confundía con comprensión.
Cuando el embarazo empezó a avanzar, todos le dijeron lo mismo: que una mujer en su estado debía evitar esfuerzos, estrés, escaleras, cargas, sobresaltos. Mauricio, sintiéndose responsable, hizo lo que le parecía correcto. Contrató a una empleada doméstica de planta. Se llamaba Ofelia. Llegó con referencias pulcras, voz suave, uniforme impecable y esa clase de modales que tranquilizan a la gente que no sabe mirar más allá de las apariencias. La recomendó una mujer de una agencia “de toda confianza”, y a Mauricio le bastó escuchar que había trabajado antes con una pareja de empresarios en Bosques para creer que estaba resolviendo el problema.
Le dejó dinero semanal para verduras, carne, fruta, vitaminas, artículos de limpieza, todo lo que Sofía necesitara. Le repitió más de una vez la misma instrucción, casi como una oración.
—Lo más importante es que mi esposa esté tranquila.
Ofelia siempre respondía bajando la cabeza.
—No se preocupe, licenciado. La voy a cuidar como si fuera mi hermana.
Qué fácil es para ciertas personas encontrar el tono exacto de la mentira.
Aquel viernes una reunión con un grupo español se canceló a última hora. Mauricio salió del corporativo antes de que anocheciera y por primera vez en mucho tiempo sintió un entusiasmo casi juvenil. Compró un ramo grande, pasó a una tienda de bebé por unos mamelucos diminutos, unos calcetincitos blancos y un peluche de conejo. Manejó rumbo a casa imaginando la cara de Sofía al verlo llegar temprano. Pensó que tal vez esa tarde podía empezar a compensar semanas de ausencia. Pensó que a veces todavía estaba a tiempo de corregir ciertas cosas.
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