El día que Julián fue a limpiar la tumba de Rebeca para pedirle permiso de casarse con otra mujer, una anciana se le paró detrás con un sobre amarillo en la mano y le destrozó la vida por 2da vez.
Todo mundo le había dicho que ya era hora de dejar de vivir como viudo. En la colonia, en la oficina, hasta su propia hermana se lo repetía con esa mezcla de ternura y hartazgo que solo tiene la familia cuando cree que uno se está aferrando al pasado por necedad. Ya habían pasado 3 años desde el accidente en la carretera a Cuernavaca, 3 años desde que enterró a la mujer con la que pensó envejecer, 3 años de dormir atravesado en una cama enorme y de hablarle a una foto como si la foto pudiera responderle. Luego llegó Daniela. No llegó como llegan los cuentos, ni con música de fondo ni con milagros, sino con paciencia. Le enseñó a volver a sentarse a la mesa sin sentir culpa, a reírse en voz alta sin voltearse después para pedir perdón, a imaginar un futuro que no estuviera hecho solo de ausencia. La boda era al día siguiente.
Pero antes de dar ese paso, Julián necesitaba cumplir con un ritual que nunca le confesó a nadie. Compró 1 ramo de alcatraces blancos en el mercado de Jamaica, tomó el carro y manejó hasta el panteón civil donde descansaba Rebeca. Quería hablar con ella a solas. Quería contarle que lo había intentado, que le había sido fiel hasta donde la muerte deja de ser promesa y se convierte en condena, que no la estaba sustituyendo, que solo estaba tratando de seguir vivo.
El sol de la tarde caía duro sobre las lápidas. El mármol blanco devolvía un resplandor seco, casi cruel. Julián se arrodilló frente a la tumba, limpió con la manga el polvo que el viento había dejado sobre el nombre grabado y acomodó las flores con cuidado.
—Mañana me caso, Rebe —dijo, sintiendo desde la 1ra palabra cómo se le cerraba la garganta—. Sé que suena raro venir a decirte esto aquí, pero no podía hacerlo de otra forma. Necesitaba que fueras la 1ra en saberlo.
Se quedó callado un momento. El silencio del panteón era de esos que no consuelan, solo obligan a escuchar lo que uno trae por dentro.
—No te estoy olvidando. Nunca podría. Pero ya no quiero vivir solo de lo que perdí. Quiero pensar que, si pudieras verme, no te enojarías. Quiero pensar que me dirías que ya estuvo, que ya lloré suficiente.
Sintió los ojos llenársele antes de que terminara la frase. Bajó la cabeza. Había ido convencido de que iba a salir en paz, y en cambio se descubrió llorando como el día del entierro.
Fue entonces cuando escuchó pasos detrás de él.
Lentos. Arrastrados. Sin prisa.
Se volvió y vio a una mujer de unos 70 años, delgada, morena, con un vestido oscuro demasiado sencillo para esa zona del panteón y un rostro vencido por un cansancio que no parecía de ese día, sino de toda una vida. Lo miraba con una intensidad rara, como si lo conociera desde antes de conocerlo.
—¿Tú eres Julián Mendoza? —preguntó.
Él se puso de pie, limpiándose la cara con torpeza.
—Sí. ¿Nos conocemos?
La mujer apretó el bolso contra el pecho y tardó 2 segundos de más en responder.
—Soy la mamá de Rebeca.
Julián sintió que el piso se le movía.
Leave a Comment