
“¡Señor, señor, despierte, tiene que perseguirme!” Eduardo Santillana abrió los ojos sobresaltado cuando algo pequeño y tibio chocó contra su silla de ruedas. Una niña de unos 7 años con el cabello despeinado y una blusa rosa manchada de tierra lo miraba con ojos enormes, llenos de pánico. En su mano apretaba un pedazo de pan.
—¡Qué diablos…! —murmuró Eduardo mientras sus dos guardaespaldas ya avanzaban hacia la pequeña intrusa.
—Por favor —suplicó la niña escondiéndose detrás de su silla—. Dígales que soy su nieta. Ese señor me va a pegar.
Efectivamente, un vendedor ambulante se acercaba corriendo, agitando los brazos furiosamente. Eduardo sintió una punzada de dolor en el pecho, no del cáncer que lo estaba matando, sino de algo más profundo y antiguo que ya no recordaba poder sentir.
—Déjenla —ordenó con voz firme a sus guardaespaldas—. Y usted —miró al vendedor—, ¿cuánto vale el pan?
Tres horas antes, en el consultorio del oncólogo más caro de Buenos Aires, Eduardo había recibido su sentencia de muerte: cáncer de páncreas, etapa cuatro.
—Lo siento, don Eduardo. Tres a 6 meses, quizás menos —el doctor Mendoza no pudo sostener su mirada—. Podemos hacer quimioterapia paliativa, pero a su edad y con esta progresión… no.
Eduardo había respondido con la misma frialdad con la que cerraba negocios de millones.
—Nada de tratamientos. Quiero morir con dignidad, no vomitando en un hospital.
Ahora, sentado en el parque Tres de Febrero, mientras el sol de otoño se filtraba entre los árboles, Eduardo se preguntaba qué significaba realmente la dignidad. 78 años de vida, un imperio inmobiliario valorado en 200 millones de dólares y nadie, absolutamente nadie, que derramara una lágrima genuina en su funeral.
—Ya se fue.
La vocecita lo sacó de sus pensamientos. La niña asomaba la cabeza, todavía aferrada a su silla de ruedas, como si fuera un refugio.
—Ya se fue. Le pagué tu pan.
Eduardo la estudió con curiosidad.
—¿Cómo te llamas, pequeña ladrona?
—Valentina —respondió ella, y para su sorpresa se sentó en el suelo junto a su silla con total confianza—. ¿Y usted por qué está tan triste si tiene una silla con rueditas? Yo siempre quise una así. Parece divertido.
Por primera vez en meses, quizás años, Eduardo sintió una risa genuina burbujeando en su garganta.
—Me llamo Eduardo y no es tan divertido cuando no puedes caminar, créeme, estoy enfermo.
Valentina lo miraba con esa brutal honestidad que solo tienen los niños.
—Mi tío Carlos también estuvo muy enfermo. Se fue al cielo. ¿Usted también se va a ir?
La simplicidad de la pregunta le quitó el aliento. Eduardo miró sus manos manchadas por la edad, sintiendo el peso del tiempo que no le quedaba.
—Sí, pequeña. Pronto.
—Oh. —Valentina mordió su pan pensativa—. Entonces debería hacer cosas que lo hagan feliz. El tío Carlos dijo que lo único que importa al final es si fuiste feliz y si amaste a alguien. ¿Usted ama a alguien?
Antes de que Eduardo pudiera responder a esa pregunta devastadora, una mujer apareció corriendo por el sendero. Tendría unos 38 años. Cabello oscuro recogido en una cola de caballo desprolija, ropa gastada pero limpia. Su rostro mostraba pánico y alivio a partes iguales.
—¡Valentina! Dios mío, te dije que no te alejaras.
Se detuvo en seco al ver a Eduardo y sus guardaespaldas, y su expresión se transformó en terror.
—Señor, lo siento muchísimo. Mi sobrina… ella no quiso molestarlo. Por favor, no llame a la policía.
Eduardo observó cómo la mujer tomaba a Valentina de la mano, lista para huir. Y algo en su postura —la columna recta a pesar del miedo, la barbilla levantada a pesar de la vergüenza— le llamó la atención. Había dignidad ahí. Verdadera dignidad. Del tipo que no se compra con dinero.
—¿Cómo se llama? —preguntó Eduardo.
—Sofía. Sofía Reyes —respondió ella confundida—. Mire, si hay algún daño, puedo trabajar para pagarlo. Soy enfermera… bueno, lo era… yo…
—No hay daño. —Eduardo la interrumpió—. De hecho, su sobrina me ha dado la conversación más interesante que he tenido en años. Valentina, ¿verdad?
La niña asintió sonriendo. Sofía apretó su mano claramente queriendo irse, pero sin saber cómo.
—Váyanse en paz —dijo Eduardo finalmente—. Y gracias.
Mientras las observaba alejarse, la mujer orgullosa de espalda recta y la niña que volteaba a despedirse con la mano, Eduardo sintió algo extraño revolviéndose en su pecho. No era el dolor del cáncer que conocía bien. Era algo diferente, algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
—Martínez —llamó a su guardaespaldas principal cuando las dos figuras desaparecieron entre los árboles—. Quiero que las encuentren. Necesito saber todo sobre esa mujer y la niña. Todo.
—Entendido, señor. —Martínez parecía confundido.
—Tengo menos de 6 meses de vida —dijo Eduardo por primera vez. Las palabras no sonaron como una sentencia, sino como un reloj en cuenta regresiva—. Y acabo de recordar que todavía no he vivido realmente. No acepto un ‘no’ como respuesta.
Esa noche, mientras los informes comenzaban a llegar a su mansión vacía de Recoleta, Eduardo leyó sobre Sofía Reyes: brillante enfermera de UCI neonatal, viuda desde hacía 3 años, arruinada por deudas médicas, viviendo en las calles con su sobrina después de que su hermana muriera en un accidente.
Y por primera vez en 78 años, Eduardo Santillana, el hombre que lo había tenido todo, excepto lo único que importaba, se permitió preguntarse: “¿Y si todavía no es demasiado tarde?”.
—No.
Eduardo parpadeó genuinamente sorprendido. En 78 años de vida, pocas personas le habían dicho ‘no’ con tanta firmeza y ninguna lo había hecho mientras vivía en un refugio destartalado bajo el puente Pueyrredón.
—Señora Reyes, ni siquiera ha escuchado mi oferta completa —intentó de nuevo ajustándose en su silla de ruedas.
El olor a humedad y desesperación del lugar le revolvía el estómago, pero no por asco, sino por furia. ¿Cómo era posible que alguien con las credenciales de Sofía viviera así?
—No necesito escucharla. —Sofía se cruzó de brazos, bloqueando la entrada del pequeño espacio que compartía con Valentina. Su ropa, aunque limpia, estaba remendada en varios lugares—. Sé exactamente lo que hombres como usted quieren y mi sobrina y yo no estamos en venta.
Martínez, su guardaespaldas, dio un paso adelante, pero Eduardo lo detuvo con un gesto.
—¿Hombres como yo? —preguntó genuinamente curioso—. Dígame, señora Reyes, ¿qué clase de hombre cree que soy?
—El tipo que investiga a mujeres desesperadas —respondió ella, y Eduardo notó el ligero temblor en su voz que contradecía su postura desafiante.
—Sí, me di cuenta. Ayer tres personas diferentes me hicieron preguntas sobre mí. No soy tonta, don Eduardo.
Inteligente. Por supuesto que era inteligente.
—Tiene razón —admitió Eduardo—. Investigué y descubrí que usted fue una de las mejores enfermeras de la UCI neonatal del Hospital Italiano, que salvó 17 bebés prematuros en su último año de trabajo, que perdió todo pagando las deudas médicas de su esposo y que su hermana, la madre de Valentina, murió hace 3 años en un accidente de tránsito, dejándola a usted como única familia de la niña.
Vio cómo el rostro de Sofía palidecía con cada palabra y su voz sonó más débil.
—Ahora, ¿qué quiere? ¿Sentir lástima? ¿Jugar al Salvador?
—Quiero una enfermera —dijo Eduardo simplemente—. Tengo cáncer de páncreas terminal. Tres a 6 meses de vida. Necesito alguien calificado que me cuide en casa, no en un hospital. Pagaré 500,000 pesos mensuales. Más vivienda y comida para usted y Valentina.
El silencio que siguió fue interrumpido por una vocecita.
—Tía Sofi, es el señor de la silla con rueditas.
Valentina apareció detrás de su tía, su rostro iluminándose al reconocer a Eduardo. Pero Eduardo notó algo que no había visto en el parque. La niña apretaba contra su pecho una bolsa de plástico llena de panes viejos, como si tuviera miedo de que alguien se los quitara.
—Valentina, vuelve adentro —ordenó Sofía, pero la niña ya estaba junto a Eduardo.
—¿De verdad está muy enfermo? —preguntó con esos ojos enormes que parecían ver directamente al alma—. ¿Por eso necesita que tía Sofi lo cuide?
—Sí, pequeña. —Eduardo sintió la familiar punzada de dolor en el abdomen, pero la ignoró—. Estoy muy enfermo y necesito ayuda.
—Entonces, tía Sofi tiene que ayudarlo —declaró Valentina con la lógica simple de los niños—. Ella ayudaba a los bebés en el hospital. Puede ayudarlo a usted también y yo puedo ser su amiga para que no esté triste.
—Valentina. —Sofía cerró los ojos y Eduardo vio el momento exacto en que su resistencia comenzó a resquebrajarse.
—Señora Reyes —dijo Eduardo suavemente—. No le estoy ofreciendo caridad, le estoy ofreciendo un trabajo, uno para el cual está más que calificada. Verificaré sus credenciales. Firmaremos un contrato formal con testigos y usted tendrá su propia habitación con cerradura. Esto es una transacción profesional, nada más.
—¿Por qué yo? —susurró Sofía—. Hay cientos de enfermeras en Buenos Aires.
Eduardo miró a Valentina, quien sonreía mientras tocaba las ruedas de su silla con fascinación infantil.
—Porque su sobrina me hizo una pregunta que nadie más se ha atrevido a hacer en años —respondió—. Me preguntó si amaba a alguien y me hizo darme cuenta de que quiero pasar mis últimos meses rodeado de vida, no de muerte.
Sofía guardó silencio por un largo momento. Eduardo podía ver la batalla librándose en su interior. Orgullo contra necesidad, desconfianza contra esperanza.
—Quiero investigarlo a usted también —dijo finalmente—. Dos días. Y si encuentro algo que no me guste, no hay trato.
—Me parece justo. —Eduardo extendió su mano—. Tenemos un acuerdo.
Sofía miró su mano como si fuera una serpiente. Luego, lentamente la estrechó. Su apretón era firme, el de alguien acostumbrado a salvar vidas.
—Dos días —repitió—, y nada más que una relación profesional, don Eduardo.
—Nada más —mintió Eduardo, sabiendo ya que esa mujer orgullosa con ojos de tormenta había cambiado algo fundamental en él.
48 horas después, Sofía y Valentina se mudaron a la mansión de Recoleta con una sola maleta entre las dos. Esa primera noche, mientras Sofía le administraba sus medicamentos con eficiencia profesional, Eduardo intentó hacer conversación.
—Investigó lo suficiente.
—Suficiente —respondió ella sin mirarlo a los ojos—. Tiene reputación de duro pero honesto en los negocios. Nunca ha estado casado. Su único pariente vivo es un sobrino nieto llamado Rodrigo, quien es su abogado.
—Veo que fue exhaustiva.
—Aprendí a ser cuidadosa —dijo Sofía, y algo en su tono hizo que Eduardo no preguntara más.
El momento se rompió con el sonido de la puerta principal abriéndose bruscamente.
—¡Tío Eduardo! ¿Qué es esta locura que me cuentan?
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