Esa noche, la nieve no solo cayó… también sepultó dos vidas que nadie quería.

Esa noche, la nieve no solo cayó… también sepultó dos vidas que nadie quería.

Aquella noche, la nieve no sólo cayó sobre la sierra: también quiso tragarse a 2 vidas que alguien había decidido tirar como si fueran basura. Alma escuchó primero el viento, luego el crujido de sus propias botas sobre el hielo y, al final, ese llanto débil que no se parecía al de ningún animal del monte. Se detuvo en seco con el haz de la linterna temblándole en la mano. Había salido de la cabaña apenas unos minutos antes para recoger la leña que el aire había tumbado entre los pinos, pero en cuanto oyó de nuevo aquel chillido roto, tan pequeño que casi parecía una mentira de la tormenta, supo que ya no regresaría igual. Frente a ella, a un costado del viejo camino de terracería que conectaba la sierra de Arteaga con la carretera, se alcanzaba a ver un contenedor oxidado medio cubierto por la nieve. Y junto a él, encorvado bajo la helada, había un perro viejo, enorme y huesudo, cubriendo con su cuerpo algo diminuto.

Alma corrió como pudo. El aire le cortaba la cara, el frío se le metía por la manga del suéter y la nieve le frenaba las piernas, pero nada de eso importó cuando llegó de rodillas junto al perro y apartó con manos torpes un pedazo de cartón empapado. Debajo estaba el bebé. Tenía el rostro amoratado, los labios temblando y una cobijita tan delgada que daba rabia verla. El perro levantó apenas la cabeza y mostró los dientes. No fue una amenaza. Fue la resistencia desesperada de un guardián que ya casi no tenía fuerzas, pero todavía tenía claro su deber.

—Tranquilo, viejito —susurró Alma, alzando una mano como si estuviera frente a una criatura sagrada—. No le voy a hacer daño. Te lo juro.

El perro la observó con los ojos nublados de escarcha. No entendía sus palabras, pero entendió el tono. Ahí no había violencia. No había el olor frío del abandono. Sólo urgencia, miedo y una ternura tan honda que ni la tormenta había podido congelarla. Alma se quitó el abrigo con manos torpes y envolvió al bebé contra su pecho. Después miró de cerca al animal y sintió un nudo feroz en la garganta. Estaba empapado, flaquísimo, con una pata trasera lastimada y el hocico lleno de nieve derretida. Respiraba como si cada bocanada le costara una pelea.

—Fuiste tú, ¿verdad? —murmuró, con lágrimas mezclándosele con la nieve en las pestañas—. Tú lo tapaste. Tú no lo dejaste solo.

El perro intentó ponerse de pie. Apenas levantó medio cuerpo, tembló y volvió a caer. Quería seguir al bebé. Quería asegurarse de que aquellas manos lo iban a sacar de ahí. Alma volteó hacia la carretera, pero no había una sola luz. Ningún coche, ninguna casa, nadie. Sólo bosque, hielo y una injusticia tan enorme que parecía romper la noche. Entonces hizo lo único que podía hacer. Se acomodó al niño contra el pecho y con el otro brazo jaló al perro hacia sí.

—Nos vamos los 3 —dijo, casi sin aire—. Aquí no se queda nadie. Ya no.

Su cabaña no estaba lejos, pero esa noche el camino se volvió eterno. Alma vivía sola desde hacía 4 años, en una construcción vieja de madera y piedra que había heredado de su abuelo al final de un sendero estrecho entre pinos. Después de perder a su madre, luego a su abuelo y más tarde al hijo que había esperado durante 7 meses antes de un parto adelantado que la dejó vacía por dentro, se había ido apartando del mundo como quien se esconde de una guerra que no piensa ganar. La gente del pueblo decía que era rara, que era triste, que vivía con más recuerdos que esperanzas. Nadie imaginó que esa noche volvería cargando un milagro y un funeral al mismo tiempo.

El bebé dejó de llorar a la mitad del trayecto y eso la aterrorizó más que el viento. Alma le tocaba las mejillas, le frotaba los piecitos sobre la marcha y le hablaba sin parar para no rendirse.

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