Mientras él se duchaba, tomé la llamada sin pensar. No había tiempo para pensar, no había margen para dudar, y en un instante todo cambió. Al otro lado, una mujer murmuró entre risas: “Tu toque todavía se queda conmigo… ella nunca lo sospechará.”

Mientras él se duchaba, tomé la llamada sin pensar. No había tiempo para pensar, no había margen para dudar, y en un instante todo cambió. Al otro lado, una mujer murmuró entre risas: “Tu toque todavía se queda conmigo… ella nunca lo sospechará.”

Cuando el celular de Héctor vibró sobre el lavabo mientras él se bañaba, Renata lo tomó creyendo que era una urgencia de trabajo, y en menos de 5 segundos escuchó la frase que le quebró la vida como un vaso contra el piso.

—Todavía traigo tu olor en la piel… y tu esposa ni en cuenta. Qué fácil es verla sonreír en mi cara.

A Renata se le heló la sangre. No fue sólo la traición. Fue reconocer aquella voz al instante, una voz que llevaba años metida en las sobremesas de su familia, en los cumpleaños, en las navidades en casa de la abuela, en los domingos de barbacoa en Cholula, en los chismes compartidos con café y pan dulce como si la confianza fuera algo sagrado. Esa voz pertenecía a Mónica Salgado, su prima, la hija de la hermana mayor de su madre, la mujer con la que había crecido casi como si fuera su hermana.

Renata no contestó. Colgó tan rápido que por poco se le resbaló el teléfono. Se quedó viendo la pantalla apagada, con el corazón martillándole en el pecho y un zumbido extraño en los oídos, como si de pronto la casa se hubiera quedado sin aire. Del baño seguía saliendo el vapor. Héctor tarareaba una canción de José José como cualquier noche normal. Esa normalidad fue lo que más le dolió. Que el mundo siguiera en su sitio cuando el suyo acababa de hacerse pedazos.

Renata tenía 34 años, llevaba 9 con Héctor y 4 de casada. Vivían en un departamento amplio en una zona nueva de Puebla, cerca de Angelópolis, con una cocina de isla, plantas en la terraza y una pared llena de fotos de viajes cortos a Oaxaca, Valle de Bravo y San Miguel de Allende. Ella administraba un pequeño estudio de diseño de mesas para eventos, un negocio que había levantado a base de desvelos, catálogos, manteles lavados de madrugada y clientes caprichosos. Héctor era arquitecto en una firma que presumía proyectos de lujo y juntas en Ciudad de México. Tenían rutinas tan exactas que Renata sabía a qué hora él se metía a bañar, cuánto tiempo dejaba correr el agua y hasta qué lado de la cama iba a caer rendido cuando regresaba tarde. Durante años había confundido costumbre con certeza. Esa noche entendió que se puede dormir junto a un hombre 4 años y no conocerlo en absoluto.

El instinto la hizo volver a tomar el teléfono. No pensó. No tuvo tiempo de pensar. Deslizó la pantalla y encontró lo que su cuerpo ya sabía antes que su cabeza. Había un chat archivado con una sola letra: M. Había mensajes eliminados, audios borrados, corazones, horarios, capturas de reservaciones de hoteles en Santa Fe y en Atlixco, excusas inventadas para “juntas” y “visitas a la tía”. También había una intimidad obscena construida con paciencia, con el descaro de quienes creen que la mentira no sólo va a sostenerse, sino a salirles barata. Renata fue leyendo fragmentos como quien se mete cuchillos al cuerpo con la mano propia.

—Te soñé otra vez.

—No me escribas ahorita, está conmigo.

—El domingo sonríeme normal para que no sospeche.

—Te extraño más cuando ella está cerca.

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