Le prometió matrimonio de niña… y 14 años después él volvió con flores-thuyhien

Le prometió matrimonio de niña… y 14 años después él volvió con flores-thuyhien

Cuando tenía ocho años, yo no entendía de edades, de tiempos correctos ni de las fronteras invisibles que los adultos levantan entre lo posible y lo ridículo.

Solo entendía lo que me hacía sentir segura, lo que me hacía sonreír, lo que me parecía bueno.

Y para mí, en aquel vecindario de Guadalajara lleno de casas color terracota, banquetas tibias por el sol y bugambilias que caían como lluvia violeta sobre los patios, Alejandro era exactamente eso.

Mi nombre es Camila, y si hoy alguien me hubiera visto entonces, jamás habría imaginado que una ocurrencia infantil podría quedarse viva durante tantos años.

Era una niña delgada, inquieta, con las rodillas siempre raspadas, el cabello mal recogido y una facilidad peligrosa para decir en voz alta todo lo que los demás apenas se atrevían a pensar.

Mi madre decía que yo tenía “más boca que miedo”.

Mi padre decía que algún día la vida me enseñaría prudencia.

Pero a los ocho años una no le teme a la prudencia.

Le teme, como mucho, a la oscuridad o a los perros grandes.

El resto parece sencillo.

Alejandro vivía justo al lado.

Era casi diez años mayor que yo, y en mi memoria de niña siempre aparece de pie, haciendo algo útil.

Reparando una reja, cambiando un foco, metido debajo de un fregadero, cargando tablas o herramientas con esa calma paciente de quien no presume lo que sabe.

No era rico. No era un hombre de grandes discursos.

Era simplemente confiable. Y en un barrio donde todos sabían de todos, eso valía más que cualquier otra cosa.

Image

Las señoras lo querían porque jamás decía que no cuando alguien necesitaba ayuda.

Los hombres lo respetaban porque trabajaba sin quejarse.

Los niños lo seguíamos porque sabía arreglar bicicletas, construir papalotes y espantar con una sola mirada a los muchachos que se burlaban de los más pequeños.

A mí me fascinaba por una razón todavía más simple: cuando me hablaba, nunca lo hacía como si yo fuera una molestia.

Aquel día de la famosa declaración era una tarde tibia, de esas en que el sol baja lentamente y pinta las paredes del barrio de naranja y oro.

Mi madre estaba en el patio con unas vecinas.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top