La nueva empleada llevó a su hijo al trabajo… esperando ser despedida, pero el bebé terminó durmiendo con el millonario y…
Camila Ortega sintió que el corazón se le iba a salir del pecho cuando abrió la puerta del cuarto de lavandería y no encontró a su hija.
El trapeador húmedo se le resbaló de las manos y cayó sobre el piso de mármol con un golpe sordo. Hacía apenas diez minutos había dejado ahí a Renata, sentada sobre una cobija doblada, con una caja de colores gastados y un cuaderno de hojas arrugadas. Le había prometido que volvería enseguida. Que solo tenía que terminar de limpiar la cocina principal de aquella mansión enorme, fría y silenciosa donde llevaba trabajando apenas seis días.
Pero ahora la niña no estaba.
—¿Renata? —susurró al principio.
Luego más fuerte.
—¡Renata!
Nada.
Solo el eco de su propia voz rebotando en los pasillos interminables de la casa del señor Alejandro Villarreal, el hombre que la había contratado con una mirada helada y una advertencia que todavía le zumbaba en la cabeza.
“Aquí no tolero errores, señora Ortega. Quiero orden, discreción y eficiencia.”
Y ella había asentido. Había aceptado todo porque no tenía otra opción. La guardería del barrio había cerrado por fumigación, su vecina se había ido de urgencia a Puebla, y no podía perder ese trabajo. No después de tres meses de buscar empleo. No después de dos rentas atrasadas. No con una niña de cuatro años que dependía de ella para todo.
Salió corriendo al corredor principal, con las manos temblándole y el pánico trepándole por el pecho. Revisó detrás del sofá blanco de la sala, debajo de la enorme mesa del comedor, en la biblioteca que olía a cuero y madera vieja. Nada.
El miedo empezó a llenarle la boca de un sabor metálico.
¿Y si Renata había roto algo?
¿Y si había entrado en una habitación prohibida?
¿Y si había tocado algún adorno carísimo, algún cuadro, algún jarrón?
¿Y si el señor Villarreal la encontraba primero?
Camila ya podía imaginarlo: la mandíbula tensa, la voz grave, la sentencia seca. “Recoja sus cosas y no vuelva.” Y después de eso, la nada.
Subió las escaleras de dos en dos, revisó el baño de visitas, el cuarto de huéspedes, la terraza interior. Vacío. El pasillo parecía hacerse más largo a cada segundo. La mansión entera se sentía como un museo: demasiado blanca, demasiado limpia, demasiado perfecta. Un lugar donde una niña pequeña no encajaba. Un lugar donde ella tampoco encajaba, aunque se esforzara por volverse invisible.
Entonces la vio.
La puerta al final del corredor.
La del despacho del señor Villarreal.
Oscura, sólida, con manijas de bronce pulido. El lugar al que él había señalado el primer día con voz seca.
“Nadie entra ahí sin mi permiso.”
Camila tragó saliva.
No quería abrirla.
No debía abrirla.
Pero si Renata estaba dentro, no tenía elección.
Se acercó despacio, con las piernas débiles. Giró la manija con cuidado y empujó la puerta apenas unos centímetros.
Lo que vio la dejó clavada en el umbral.
Alejandro Villarreal estaba dormido.
Reclinado en su silla de cuero negro, con la cabeza ligeramente ladeada, la corbata aflojada y una arruga en el hombro de su saco gris impecable.
Leave a Comment