La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

Los siguientes días les trajeron noticias negras. Nicolás había tomado el control. Había difundido que Gabriel estaba muerto y convocado una cumbre para consolidar su poder en el penthouse de Reforma. Elías apareció muerto en un canal. Los leales fueron purgados.

—Voy a matarlo —dijo Gabriel, todavía pálido, intentando levantarse de la cama.

—Tú no puedes ni caminar sin hacer cara de sufrimiento —replicó Mía.

Agarró un plumón y dibujó el penthouse en una pizarra.

—No vamos a entrar como soldados. Vamos a entrar como invisibles.

Consiguió uniformes de catering, cambió el color de su cabello, se puso lentes gruesos y se convirtió en una empleada más del servicio. Nadie mira a una mesera. Nadie recuerda a la mujer que sostiene una charola.

En la fiesta del falso rey, Nicolás brindaba con el traje favorito de Gabriel puesto sobre el cuerpo, como si la ropa pudiera darle autoridad.

Mía se movió entre los invitados con la cabeza baja. Cuando un mesero tiró un plato, aprovechó la distracción, se metió tras la barra y conectó un USB con un virus que apagó cámaras y sensores. Luego dio la señal.

Minutos después, las puertas del elevador de servicio se abrieron.

Gabriel Montiel entró en el salón como si regresara del infierno y le perteneciera también.

El silencio fue total.

Nicolás quedó blanco.

—Imposible…

—Quítate de mi lugar —dijo Gabriel.

Se desató el caos, pero esta vez Gabriel venía preparado. Desarmó a tres hombres antes de que pudieran reaccionar. Nicolás gritó, Rossi trató de sacar un revólver oculto y Mía, sin pensarlo, tomó una charola de plata y se la lanzó a la cara. El disparo de Rossi se fue al techo. Gabriel giró y lo neutralizó de un tiro.

Nicolás aprovechó el instante para buscar otra arma caída. Mía metió la mano al bolsillo del delantal y sacó un collar de diamantes que había encontrado en la caja fuerte privada: prueba del trato con Rossi. Lo alzó justo cuando la luz del candelabro lo golpeó.

El destello cegó a Nicolás una fracción de segundo.

Fue suficiente.

Gabriel llegó hasta él de dos pasos y lo derribó de un golpe brutal con la culata del arma.

Nadie más se movió.

—La reunión terminó —anunció Gabriel, mirando a los otros jefes—. Márchense antes de que cambie de opinión.

Se fueron.

Todos.

Cuando quedaron solos, Gabriel observó a Nicolás tirado en el piso, sangrando y vencido. Pudo haberlo matado. Mía lo supo. Pero guardó el arma.

—La muerte te saldría barata —dijo—. Vas a vivir mucho tiempo recordando que lo tuviste todo y lo perdiste por traidor.

Después caminó directo hacia la cocina.

Mía seguía ahí, con el uniforme holgado, los lentes torcidos y el corazón desbocado.

Gabriel se detuvo frente a ella, le quitó despacio los lentes y la miró como si no hubiera nadie más en el mundo.

—Estás despedida.

Mía parpadeó.

—¿Qué?

—Eres pésima mesera. Gritas a los clientes, tiras cosas, lanzas charolas, vuelas galerías…

Ella soltó una risa incrédula.

Gabriel sacó una pequeña caja de terciopelo que había recuperado antes del tiroteo.

—Pero tengo otra vacante. Socia. El sueldo es terrible, el horario es infinito y de vez en cuando intentan matarte.

Mía lo miró, luego miró la ciudad encendida detrás de los ventanales, ese monstruo que casi la había tragado y que ahora parecía abrirse ante ellos.

—¿Incluye seguro médico?

Por primera vez, Gabriel sonrió sin sombra alguna.

—Cobertura total.

Mía asintió.

—Entonces acepto.

La besó ahí mismo, en medio del salón arrasado, entre humo, sirenas lejanas y vidrios rotos.

Meses después, cuando las cosas se calmaron, Gabriel comenzó a limpiar el negocio, cortando alianzas con los peores socios y legalizando todo lo que podía. Mía se convirtió en sus ojos y su conciencia, la única persona capaz de hablarle sin miedo y la única cuya opinión realmente le importaba. Trasladó a su madre a una residencia mejor y la visitaba cada domingo, siempre con Gabriel a su lado. Él jamás intentó quitarle la luz; aprendió a caminar junto a ella.

A veces, cuando la ciudad se encendía bajo sus pies desde lo alto del penthouse, Mía pensaba en la noche del punto rojo. En cómo una sola decisión había incendiado un imperio y cambiado su vida para siempre.

Gabriel solía abrazarla por detrás y preguntarle en voz baja:

—Si volvieras a ver ese punto, ¿lo harías de nuevo?

Mía sonreía sin apartar la vista del horizonte.

—Sí. Pero esta vez te tiraría con más estilo.

Y él se reía, ese sonido raro y oscuro que solo ella sabía sacarle.

Porque al final, la bala no había dado en el corazón de Gabriel Montiel.

Le dio algo mucho peor.

Le dio amor.

Y esa fue la única herida de la que nunca quiso curarse.

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