“Estás en peligro, finge que soy tu padre”, le susurró el jefe de la mafia a la camarera. ¿Qué sucedió después…?
Camila Álvarez nunca había creído en el destino. No cuando su madre la sacó de Monterrey a los siete años “por trabajo”, ni cuando volvieron a mudarse dos años después a Puebla, ni cuando terminaron instalándose en Veracruz, siempre con la misma costumbre de bajar la voz al hablar del pasado, de mirar dos veces por la ventana antes de dormir y de cambiar de número de teléfono como si fuera una prenda más.
Por eso, aquella mañana de martes, en la cafetería donde trabajaba sirviendo café y huevos rancheros desde las seis, no pensó que su vida estuviera a punto de partirse en dos. Pensó, simplemente, que el hombre tatuado del reservado seis tenía una mirada demasiado dura para alguien que había pedido solo un café negro.
Se llamaba Rogelio Cruz, aunque ella aún no lo sabía.
Camila se acercó con la libreta en la mano, repitiendo la sonrisa automática del trabajo.
—¿Algo más, señor?
Él alzó la vista apenas un segundo. Sus ojos no se detuvieron en ella con interés, sino con urgencia. Luego miró por encima de su hombro, hacia la entrada de la cafetería.
Fue entonces cuando se inclinó y dijo, en un murmullo apenas audible:
—Estás en peligro. Finge que soy tu papá.
Camila sintió que el aire se le detenía. Antes de que pudiera reaccionar, la campanilla de la puerta sonó y dos hombres de traje gris entraron al local. No parecían clientes. Caminaban demasiado recto, demasiado atentos. Uno se quedó junto a la barra. El otro clavó los ojos en ella con una frialdad que la hizo temblar.
—No entiendo… —susurró.
—No necesitas entender. Necesitas actuar —dijo Rogelio sin mover apenas los labios—. Sonríe con fastidio. Como si llevaras años discutiendo conmigo.
La mano de él cayó sobre su hombro con una naturalidad extraña, como la de alguien acostumbrado a proteger, no a invadir. Camila quiso apartarse, correr, pedir ayuda, pero algo en esos dos hombres le gritaba que el peligro no estaba sentado frente a ella, sino de pie junto a la puerta.
Tragó saliva y rodó los ojos con exageración.
—Papá, ya te dije que mamá odia las sorpresas.
Rogelio sostuvo el juego al instante.
—Pues se va a aguantar. Veinticinco años de matrimonio no se celebran todos los días.
El hombre de la barra pidió café, pero no dejó de mirarlos. El otro sacó el celular, escribió algo y mostró la pantalla a su compañero. El miedo le apretó el estómago a Camila.
Rogelio sacó una cartera, dejó un billete sobre la mesa y, al hacerlo, su chaqueta se abrió lo suficiente para revelar una pistola bajo el brazo. Camila ahogó un jadeo.
Él le tomó el rostro con una suavidad inesperada.
—Escúchame bien. En dos minutos vas a ir al baño. Hay una ventana pequeña. Sales por ahí. Mi camioneta es la Suburban negra del callejón de atrás. Te metes, pones seguro y me esperas.
—No puedo…
—Sí puedes. Porque esos hombres no vienen a hablar contigo. Vienen a llevarte. Y si te agarran, no sales viva.
El piso pareció moverse bajo sus pies.
—¿Por qué?
Rogelio sostuvo su mirada.
—Por tu padre. Por lo que hizo hace veintitrés años. Y porque antes de morir me hizo prometerle que nunca dejaría que te encontraran.
Camila dejó de respirar.
—Mi padre nos abandonó antes de que yo naciera.
—Eso te dijeron para salvarte.
Uno de los hombres de traje se acercó al reservado con la mano dentro del saco. Rogelio se levantó antes de que llegara.
—¿Se les ofrece algo, caballeros?
—Buscamos a una muchacha —respondió el hombre, sonriendo sin calidez.
—Entonces se equivocaron de mesa —replicó Rogelio, más grande de pronto, más peligroso—. Estoy desayunando con mi hija.
No volteó a verla, pero su voz fue una orden afilada.
—Ahora.
Camila soltó la libreta, salió del reservado y corrió al baño. Cerró la puerta, subió al inodoro y empujó la ventanita hasta abrirla. Afuera, en el callejón húmedo, una Suburban negra esperaba con el motor encendido.
Se dejó caer torpemente, se raspó la rodilla contra el cemento y corrió hasta el vehículo. Cuando cerró la puerta y activó el seguro, las manos le temblaban tanto que apenas atinó a respirar. Un minuto después, la puerta del conductor se abrió y Rogelio entró, arrancando sin decir una palabra.
Solo cuando dejaron atrás tres calles y un paso a desnivel habló:
—Agáchate.
Ella obedeció.
Pasaron varios minutos hasta que él estacionó en el tercer piso de un estacionamiento casi vacío. Apagó el motor. El silencio fue insoportable.
—Mi nombre es Rogelio Cruz —dijo al fin—. Trabajé con tu padre durante quince años. Era mi hermano, aunque no lleváramos la misma sangre. Y estuve con él la noche en que murió.
Camila sintió que la rabia empezaba a ganarle al miedo.
—Quiero la verdad. Toda.
Rogelio asintió, como si supiera que ya no había manera de volver atrás.
—Tu padre se llamaba Tomás Álvarez. Trabajaba para el cártel Salazar. Yo también. Movíamos dinero, protegíamos cargamentos, callábamos problemas. Hasta que un día les pidieron trasladar otra mercancía. Niños.
Camila se llevó una mano a la boca.
—Tu padre vio a doce niños drogados, amarrados, tratados como si fueran cajas. Esa misma noche decidió que iba a salir. Robó pruebas: nombres, rutas, cuentas, políticos comprados, policías vendidos. Todo. Pensaba entregarlo a las autoridades federales y huir contigo y con tu madre.
—¿Y qué pasó?
Rogelio cerró los ojos un instante.
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