Una manada de lobos rodeó el autobús, pero los depredadores no atacaban: los pasajeros observaban con horror los movimientos de los animales, pero lo que sucedió después dejó a todos en shock

Una manada de lobos rodeó el autobús, pero los depredadores no atacaban: los pasajeros observaban con horror los movimientos de los animales, pero lo que sucedió después dejó a todos en shock

Mientras la tormenta invernal rugía con toda su furia, el autobús conducido por un veterano chófer de cincuenta años avanzaba con dificultad por la carretera sepultada en nieve. Los pasajeros observaban con ansiedad la oscuridad blanca tras los patrones de escarcha en los cristales, cuando, de pronto, el vehículo aminoró la marcha. Los ojos del conductor se entrecerraron y sus manos se aferraron con fuerza al volante. De entre la cortina de nieve emergieron primero una, luego cinco y después decenas de siluetas grises que invadieron el camino. No eran perros, sino una manada de lobos colosales. Al detenerse el autobús, un miedo gélido envolvió a todos los presentes; las bestias salvajes habían rodeado el vehículo en silencio, simplemente esperando.

Mientras los pasajeros gritaban horrorizados pidiendo que se cerraran todas las puertas, el extraño comportamiento de los lobos captó su atención. No gruñían ni arremetían contra las ventanas; permanecían inmóviles, como si estuvieran señalando algo. Cuando el chófer limpió el vaho del parabrisas, se dio cuenta de que la mirada de los lobos no se clavaba en el autobús, sino en un montículo de nieve al borde del camino. Al amainar el viento por un instante, bajo aquel cúmulo de nieve se vislumbró la silueta de un cuerpo humano tendido e inerte.

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