El paquete llegó al mediodía, justo cuando el sol caía de lleno sobre las calles de Nezahualcóyotl. No era grande, tampoco pesado, pero tenía algo que lo hacía distinto a cualquier otro: venía envuelto con cuidado, reforzado con cinta, como si quien lo mandó hubiera querido asegurarse de que nada se perdiera en el camino.
Yo lo reconocí de inmediato.
—Es de mi mamá —dije, casi sin pensarlo.
Laura, que estaba en la cocina revisando su teléfono, levantó la mirada apenas un segundo. No dijo nada. Solo frunció un poco el ceño, como si ya supiera lo que venía.
Coloqué la caja sobre la mesa. Tenía marcas de viaje, polvo en las esquinas, y ese olor… ese olor que no se puede esconder. No era desagradable para mí. Era… familiar. Mezcla de campo, de tierra húmeda, de cosas que no pasan por refrigeradores ni empaques bonitos.
No alcancé a abrirla.
Laura se acercó primero.
—A ver… —murmuró, mientras rompía la cinta sin mucha delicadeza.
La tapa se levantó.
Y el olor salió de golpe.
Fuerte.
Directo.
Como si trajera pegado el recuerdo de otro mundo.
Laura retrocedió medio paso, arrugando la nariz.
—Ay, no… otra vez con esto —dijo, sin intentar bajar la voz.
Yo me quedé quieto.
Miré dentro de la caja.
Ahí estaban.
Unas bolsas con quelites todavía húmedos, con tierra pegada en las raíces. Unos huevos envueltos en periódico viejo, acomodados con tanto cuidado que ni uno parecía roto. Un frasco de salsa casera, de esos que mi mamá hacía moliendo todo a mano. Y en una bolsa aparte, pescado seco, bien cerrado… aunque el olor siempre se escapa un poco.
Cosas simples.
Nada especial para cualquiera.
Todo para nosotros.
—Son cosas del rancho —dije, tratando de sonar tranquilo—. Mi mamá siempre manda…
—Pero ¿para qué? —me interrumpió Laura, ahora sí mirándome directo—. Aquí hay supermercado, hay de todo. No necesitamos esto.
No respondí de inmediato.
No porque no tuviera qué decir.
Sino porque sabía que cualquier palabra iba a sonar a excusa.
Laura tomó uno de los paquetes, lo levantó con dos dedos, como si le diera asco tocarlo.
—Mira esto —dijo—. Todavía trae tierra. ¿Tú crees que esto es higiénico?
Tragué saliva.
—Se lava —respondí, bajito.
—No es eso —insistió ella—. Es el punto. No estamos en el rancho. No vivimos así.
Su tono no era de enojo.
Era peor.
Era de alguien que está completamente seguro de tener la razón.
Miré la caja otra vez.
Recordé a mi mamá, temprano, escogiendo cada cosa. Limpiando lo más que podía. Guardando con cuidado. Seguramente pensando en nosotros… en su nieto… en si nos gustaría.
—Es un detalle —dije—. Lo manda con cariño.
Laura soltó una risa corta, sin humor.
—¿Cariño? —repitió—. Pues qué forma tan rara de demostrarlo.
El silencio se hizo pesado.
Yo no supe cómo defender algo que para mí era obvio… pero para ella no significaba nada.
Laura suspiró, como si ya estuviera cansada del tema.
Se inclinó.
Tomó la caja completa.
Y caminó hacia el bote de basura.
—Laura… —alcancé a decir.
Pero no fue un grito.
Fue más bien una intención que llegó tarde.
Ella no se detuvo.
Abrió la tapa del bote.
Y sin dudarlo…
la vació.
El sonido de las cosas cayendo fue seco. Huevos golpeando, bolsas aplastándose, el frasco rodando hasta chocar contra el fondo.
Se acabó en segundos.
Laura cerró la tapa.
Se limpió las manos.
—Ya está —dijo—. Mejor así.
Yo me quedé mirando el bote.
Sin moverme.
Sin saber exactamente qué me dolía más.
Si el olor que aún flotaba en el aire…
o lo que acabábamos de tirar junto con él.
Laura volvió a la cocina como si nada.
Yo seguía ahí.
Leave a Comment