Roberto sintió que esa felicidad era un insulto a su dolor. ¿Cómo se atrevía ella a hacerlos reír así cuando él, su propio padre, no lograba sacarles ni una sonrisa? El hechizo se rompió con el sonido de la voz de Roberto. No fue un grito, fue un trueno seco, autoritario y cargado de veneno. Elena, el efecto fue inmediato y catastrófico. La armonía física que mantenía a los tres en equilibrio dependía enteramente de la concentración y la calma. Al escuchar el rugido de su nombre, Elena tuvo un espasmo involuntario de susto.
Su cuerpo se tensó contra el suelo. Los gemelos, sensibles como radares a la tensión ambiental, dejaron de reír al instante. Sus rostros pasaron de la euforia al terror en una fracción de segundo. Santi, que estaba sobre el estómago de la niñera, perdió el punto de apoyo al girar la cabeza bruscamente hacia la puerta. Sus piernitas fallaron. El bebé se inclinó peligrosamente hacia la derecha, hacia el suelo de madera dura. “¡Cuidado!”, gritó Roberto dando un paso adelante, pero estaba demasiado lejos para llegar a tiempo.
Pero Elena no necesitaba llegar. Ella ya estaba ahí. Sus reflejos no eran los de una empleada distraída, eran los de una leona. Antes de que Roberto pudiera terminar su exclamación, Elena ya había soltado los tobillos y sus manos, esas manos con guantes amarillos ridículos, se dispararon como resortes. Con la mano derecha atrapó a Santi en el aire, acunando su cabeza contra su pecho antes de que tocara el suelo, y con el brazo izquierdo rodeó la cintura de Nico, atrayéndolo hacia sí en un abrazo protector.
En un solo movimiento fluido, rodó sobre su espalda y quedó sentada en el suelo con ambos niños apretados contra su pecho jadeando. Los gemelos, ahora seguros, pero contagiados por el miedo repentino que había inundado la habitación, rompieron a llorar al unísono, un llanto agudo de pánico que perforó los oídos de Roberto. Roberto cruzó la sala zancadas con el rostro descompuesto. “Suelte a mis hijos”, ordenó llegando hasta ellos y arrancando a Nico de los brazos de la niñera con brusquedad.
Suéltelos ahora mismo. Elena se quedó en el suelo con las manos vacías y temblando, mirando hacia arriba. Se quitó un mechón de pelo de la cara con el dorso del guante amarillo, sus ojos grandes y oscuros, llenos de una mezcla de susto y confusión. Señor Roberto, usted se suponía que balbuceó ella tratando de recuperar el aliento. Se suponía que yo estaba de viaje, la cortó él, su voz resonando contra las paredes altas. Y gracias a Dios que volví.
¿Se puede saber qué clase de locura es esta? Roberto sostenía a Nico, que se retorcía en sus brazos, estirando sus manitas hacia Elena y gritando, “Na, nana. El rechazo de su hijo fue como un bofetón físico para Roberto. Dejó al niño en el sofá con torpeza y se volvió hacia Elena, que comenzaba a levantarse con dificultad. “No se levante”, les petó él señalándola con un dedo acusador. “Quédese ahí donde pertenece, en el suelo. ¿Tiene idea de lo que podría haber pasado?
Un centímetro más. Y mi hijo se abre la cabeza contra la mesa de centro. Señor, lo tenía controlado”, intentó explicar Elena, su voz quebrándose, pero manteniendo una extraña dignidad. Nunca los dejó caer. Estábamos haciendo ejercicios de ejercicios. Roberto soltó una risa amarga sin humor. “Llama a eso ejercicio.” La vi. Estaba tirada como un animal, con esos guantes inmundos de limpiar retretes, dejando que mis hijos la pisolaran como si fuera un mueble viejo. Los guantes son nuevos, señor.
Solo los uso para jugar por el color. A ellos les gusta el color amarillo. Les ayuda a enfocar la vista, dijo ella rápido, intentando apelar a la razón. No me interesan sus excusas de guardería barata. Roberto se pasó la mano por el cabello, despeinándose por primera vez en años. La imagen de los niños riendo sobre ella y llorando con él lo estaba carcomiendo por dentro. Le pago un sueldo que no ganaría en 10 años en cualquier otro lugar.
Le pago para que los cuide, para que los eduque, para que les enseñe modales y seguridad, no para que monte un espectáculo de circo en mi sala de estar. Roberto miró a su alrededor como si buscara testigos de la atrocidad. Mírese, es patético. Una mujer de su edad revolcándose. ¿Qué pensaría la gente si entrara ahora mismo? ¿Qué pensaría mi esposa si viera que la mujer encargada de sus hijos los trata como juguetes? La mención de la esposa fallecida fue un golpe bajo.
Elena bajó la mirada mordiéndose el labio inferior para no llorar frente a él. Sabía que no debía responder. Necesitaba el trabajo. Su madre enferma dependía de ese sueldo. Pero el llanto de Santi, que seguía en el suelo gateando hacia ella y aferrándose a su pierna uniformada, le dio una fuerza que no sabía que tenía. Señor”, dijo Elena y su tono cambió. Ya no era de disculpa, era de súplica maternal. Santi se estaba riendo. Nico se estaba riendo.
Llevaban meses sin reír así. No escuchó la risa. “El histerismo no es felicidad, Elena”, bramó Roberto, ciego ante la verdad. El desorden no es alegría. Usted ha confundido la libertad con el libertinaje. Ha puesto en riesgo la integridad física de mis hijos por un juego estúpido. Es una irresponsable. Roberto se agachó para apartar a Santi de la pierna de Elena. El bebé se agarró con fuerza a la tela azul del uniforme, llorando con desesperación, enterrando su carita en la rodilla de la niñera.
Roberto tuvo que usar fuerza para despegar los dedos de su propio hijo de la ropa de la empleada. “Venga aquí”, gruñó Roberto levantando a Santi. El niño pataleó golpeando el pecho de su padre con sus puños minúsculos, rechazando el contacto del traje de ,000 y buscando los brazos de la mujer de los guantes de goma. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Roberto sintió una punzada de celos tan aguda que le nubló la vista. Salga de mi vista, siceó Roberto con el niño llorando en sus brazos.
Vaya a su cuarto, recoga sus trapos y espere a que decida qué voy a hacer con usted y quítese esos guantes ridículos. En esta casa somos personas serias, no payasos. Elena se levantó lentamente, se quitó los guantes amarillos con calma, dejando ver sus manos rojas y trabajadas. Miró a los niños una última vez. Nico la miraba desde el sofá con ojos enormes y húmedos. Santi seguía llorando en brazos de su padre. Solo quería que perdieran el miedo a caerse.
Señor, susurró ella tan bajo que Roberto apenas la oyó. Lo único que han perdido hoy es el respeto, respondió él dándole la espalda. Lárguese. Elena caminó hacia la puerta de servicio, sintiendo cada paso como una derrota. Detrás de ella, el llanto de los gemelos aumentaba de volumen, llenando la casa de un ruido que ya no era alegría, sino un reclamo desgarrador. Roberto se quedó solo en medio de su sala perfecta con dos hijos que no lo querían y una victoria que sabía a ceniza.
En el fondo del pasillo, la sombra de doña Gertrudis observaba la escena y una sonrisa torcida y cruel se dibujó en su rostro envejecido. El plan había funcionado a la perfección, o eso parecía. El silencio que don Roberto tanto veneraba había sido asesinado y en su lugar un caos de llantos agudos y descoordinados gobernaba la mansión. Nico y Santi no lloraban como niños caprichosos que quieren un dulce. Lloraban con la angustia profunda del abandono. Roberto estaba sentado en el borde del sofá de Cuero Beige, con el cuerpo rígido y los brazos torpes, tratando de sostener
a Santi, quien se arqueaba hacia atrás con una fuerza sorprendente para su tamaño, gritando hacia el pasillo por donde había desaparecido Elena. En el otro extremo del sofá, Nico golpeaba los cojines con sus puños cerrados, con la cara roja y bañada en lágrimas y mocos, rechazando cualquier intento de consuelo paterno. “Ya basta!”, gritó Roberto, pero su voz, acostumbrada a dar órdenes en salas de juntas insonorizadas, se quebró ante la histeria de sus propios hijos. Nico, Santi, silencio.
Papá está aquí. Pero papá era un extraño con traje oscuro y olor a colonia cara, un intruso en su mundo de juegos y calidez. Roberto sintió una punzada de inutilidad en el pecho. Tenía millones en el banco. Controlaba empresas internacionales, pero no podía hacer que dos bebés de un año dejaran de llorar. Se sintió pequeño, se sintió fracasado y ese sentimiento de fracaso rápidamente se transformó en resentimiento hacia la causante de todo, Elena. Fue en ese momento de vulnerabilidad extrema cuando la sombra apareció.
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