PARTE 2
La furia, el dolor y la desesperación se apoderaron de cada fibra del cuerpo de Alejandro. Corrió tropezando por la acera hacia la casa de Doña Rosa, la vecina chismosa pero bondadosa de toda la vida. La anciana, al verlo parado en su puerta, rompió en llanto desconsolado y se persignó antes de poder articular una sola palabra.
“Mijo, fue una tragedia horrible”, sollozó Doña Rosa, limpiándose las lágrimas con su delantal. “Hace 15 días, unos hombres de traje vinieron con una orden de desalojo. Tus padres salieron a la calle con solo 2 bolsas de plástico negro con algo de ropa. Don Ernesto llevaba aferrada su vieja caja de herramientas al pecho. Se fueron caminando lentamente, con la cabeza agachada y el alma rota. No le quisieron decir a nadie a dónde iban por pura vergüenza. Tu madre lloraba en silencio.”
El pecho de Alejandro ardía como si hubiera tragado brasas. Su mente conectó de inmediato las piezas del macabro rompecabezas: los misteriosos papeles que Ricardo les hizo firmar con mentiras, las respuestas evasivas por teléfono, y aquel sueño perturbador que el destino le había enviado como una advertencia desesperada. Sin perder un solo segundo, abordó su auto de alquiler y comenzó a recorrer las calles, los mercados populares y las plazas de la ciudad. Pasaron 4 horas de búsqueda incesante bajo el sol inclemente de Jalisco, preguntando a comerciantes y taqueros sin éxito alguno.
De pronto, al pasar por la antigua carretera rumbo a Chapala, vio a lo lejos el viejo paradero de camiones. Era un cementerio de chatarra olvidado por el tiempo, lleno de vehículos inservibles. La escalofriante imagen de su pesadilla lo golpeó con la fuerza de un huracán. Frenó el auto de golpe, levantando una nube de polvo, y corrió desesperado entre la maleza seca y los fierros oxidados.
Ahí estaba. La ruta 74. Un autobús escolar desvencijado, con los vidrios rotos, la pintura descascarada y las llantas hundidas en el lodo. Alejandro subió los oxidados y crujientes escalones de metal. El fuerte olor a humedad y encierro lo asfixiaba. En el fondo, sobre unos duros asientos cubiertos con cobijas raídas, estaba Doña Carmen, calentando un poco de agua en un pequeño anafre improvisado para mitigar el frío. Don Ernesto, encorvado por el peso de la humillación, intentaba reparar una ventana rota con un pedazo de cartón y cinta adhesiva.
“¡Mamá! ¡Papá!”, gritó Alejandro, sintiendo que las rodillas le fallaban hasta caer al sucio piso de metal.
Las lágrimas brotaron sin ningún tipo de control. El abrazo entre los 3 fue desgarrador, un cúmulo de agonía, dolor y un inmenso alivio. Sus padres, aquellos seres excepcionales que lo habían dado absolutamente todo por sacar adelante a su familia, estaban viviendo en la miseria más cruda e injusta.
“¿Por qué no me llamaron, por Dios?”, reclamó Alejandro, sollozando de rabia e impotencia al acariciar las manos maltratadas y frías de su padre.
Don Ernesto desvió la mirada, con su orgullo de hombre trabajador completamente destrozado. “Tu hermano… él tiene una familia que mantener y muchas deudas, Alejandro. No queríamos arruinarle la vida denunciándolo ante las autoridades y mandándolo a la cárcel. Fue mi estúpido error por firmar sin leer. Yo tuve la culpa.”
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