Era un martes ordinario en el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México. El tipo de martes capitalino en que la gente llega arrastrando los pies, con el rostro cansado por el tráfico, sosteniendo un vaso de atole o un café barato en una mano y fajos de papeles arrugados bajo el brazo. El tipo de mañana gris, cubierta por el smog, en la que absolutamente nadie espera que ocurra algo que cambie la historia de ese edificio.
Rosalba Mendoza, una mujer de 52 años, llegó puntual, caminando con una dignidad que parecía ajena a esos pasillos llenos de burocracia y desesperación. Llevaba la espalda completamente recta y su cabello oscuro entrelazado en dos trenzas perfectas. Vestía una falda negra formal, pero lo que realmente llamaba la atención era su blusa: un hermoso huipil oaxaqueño bordado a mano con hilos de colores vibrantes, una prenda que llevaba con un orgullo inquebrantable. Rosalba había pedido el día libre para resolver un asunto de tierras y herencia familiar, un trámite tedioso que llevaba meses atascado en el sistema.
Mientras caminaba hacia la sala correspondiente, se cruzó con el oficial Garza. Este hombre llevaba 17 años trabajando en la seguridad del tribunal. Era un tipo alto, corpulento, de tez clara y con esa actitud prepotente de quienes creen que llevar una placa en el pecho los convierte en dueños de las personas y del espacio. Esa mañana, Garza estaba de un humor terrible, buscando desesperadamente a alguien sobre quien descargar su frustración.
Garza vio a Rosalba antes de que ella lo notara. La evaluó en 3 segundos. Su mirada recorrió el huipil, las trenzas, la piel morena, y sacó sus propias conclusiones llenas de prejuicios y desprecio.
—A ver, tú, marchanta. Párale ahí mismo —su voz resonó en el pasillo como un golpe seco.
Rosalba se detuvo de inmediato y lo miró con una calma absoluta.
—Buenos días, oficial. Tengo una cita agendada en la sala 4 —respondió ella, sosteniendo sus documentos con firmeza.
Garza ni siquiera bajó la mirada para ver los papeles. Su rostro se torció en una sonrisa burlona y llena de desdén.
—¿A poco sabes leer? Este pasillo es para abogados y gente de respeto, no es un mercado para que cualquier india venga a pasearse.
Rosalba le sostuvo la mirada sin parpadear.
—Soy una ciudadana, tengo una audiencia y aquí están mis documentos.
Garza dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Bajó la voz, destilando veneno.
—A mí no me importa lo que traigas en las manos. La gente como tú siempre viene a estorbar, a ensuciar los pasillos. Si por mí fuera, ni siquiera los dejaría cruzar la puerta de la calle. Así que te me vas largando.
—Le sugiero que mida sus palabras, oficial —dijo Rosalba en un tono bajo, pero con una firmeza que hizo eco.
Garza soltó una carcajada amarga.
—¿Me estás amenazando a mí, gata? Aquí el que manda soy yo. Te regresas a tu pueblo por donde viniste.
El pasillo entero se había quedado en silencio. Dos secretarias dejaron de caminar, un abogado se quedó paralizado y una señora mayor se persignó discretamente. A pesar de la tensión, Rosalba lo miró fijamente durante 3 largos segundos.
—Tiene usted una sola oportunidad para hacerse a un lado —dijo ella.
Garza, desconcertado por la falta de sumisión que esperaba, se hizo a un lado a regañadientes, pero sus ojos llenos de odio la siguieron.
Minutos después, dentro de la sala 4, el juez Arturo Montenegro, de 61 años, revisaba los expedientes con cara de agotamiento. Rosalba tomó asiento en la primera fila. De pronto, la puerta se abrió y entró Garza. No tenía nada que hacer ahí, pero se recargó en la pared, cruzó los brazos y clavó su mirada amenazante en Rosalba.
—Caso Mendoza, sucesión de tierras en el estado de Oaxaca —anunció el juez—. ¿Se encuentra la solicitante?
—Presente, su señoría —dijo Rosalba poniéndose de pie.
Garza soltó un bufido audible. El juez frunció el ceño.
—Necesitamos los registros originales del predio… —comenzó a decir el juez.
—Su señoría, con todo respeto —interrumpió Garza, alzando la voz—, ¿podemos verificar que esta mujer siquiera tenga derecho a estar aquí? La vi entrar con actitud sospechosa. Ya sabe cómo son estas indias ignorantes, se meten donde no deben para sacar provecho, son una plaga en este país.
El juez bajó los lentes.
—Oficial Garza, guarde silencio o salga de mi sala.
Pero Garza ya había cruzado una línea sin retorno. Ciego de ira y clasismo, se despegó de la pared y caminó lentamente hacia Rosalba. El juez intentó ponerse de pie para ordenar su arresto, pero todo ocurrió demasiado rápido. Garza se paró frente a la mujer de 52 años, con la respiración agitada.
—Eres una basura que solo viene a quitarnos el tiempo —le susurró Garza, antes de levantar su pesada mano.
El sonido de la bofetada fue tan brutal que resonó contra las paredes de madera como si hubiera estallado un disparo. El rostro de Rosalba giró bruscamente por el impacto, mientras un silencio sepulcral, espeso y aterrador, inundaba la sala entera. Nadie en ese tribunal, y mucho menos el prepotente oficial, estaba preparado para la tormenta que estaba a punto de desatarse.
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