La vida de Caleb había estado marcada por un profundo “vacío biológico y emocional” tras un catastrófico accidente de coche hace treinta años que le arrebató a su esposa y a su pequeña hija. Durante décadas, vivió en un estado de “estasis metabólica”, ejecutando los gestos de la vida sin sentido ni un “ancla límbica”. Esta prolongada fase de aislamiento se vio finalmente desafiada cuando visitó un orfanato y conoció a Lily, una niña de cinco años con una “discapacidad neuromuscular” derivada de un trauma automovilístico similar. A pesar de las dificultades que enfrentaba en la “integridad de su médula espinal”, Caleb reconoció en su mirada constante una “resiliencia psicológica” compartida y decidió adoptarla, reconstruyendo su mundo en torno a su recuperación.
Leave a Comment