La madrugada en que obligaron a Alma a rezarle a un ataúd que no la dejaban tocar, entendió que en esa casa la muerte no olía a despedida, sino a trampa. La sala de la casona en San Pedro Cholula estaba llena de coronas blancas, café recalentado y mujeres que fingían llorar mientras miraban de reojo cada paso de la viuda, pero nadie lloraba como llora la gente cuando de verdad se le rompe la vida. Todo estaba demasiado ordenado, demasiado limpio, demasiado ensayado, como si no hubieran perdido a un hijo sino preparado una escena.
Alma llevaba desde el anochecer sintiéndose una intrusa en el velorio de su propio esposo. A Iván, según le dijeron, lo habían encontrado destrozado después de un choque en la carretera rumbo a Huamantla. La llamada le llegó poco antes de las 7, cuando todavía estaba levantando los platos de la cena y su hijo de 6 años jugaba con unos carritos en el piso. Del otro lado de la línea, la voz de su suegra, doña Beatriz, sonó seca, casi molesta, como si estuviera avisando de una fuga de agua y no de la muerte de su hijo.
—Ven de inmediato. Ya no hay nada que hacer.
Alma ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta aquella casa antigua de tejas viejas y patio central donde Iván había crecido. Solo recordaba el frío en la nuca, las manos heladas sobre el volante y las últimas palabras que él le había dicho esa mañana antes de salir. No había sido una frase romántica ni una despedida especial. Había sido algo mucho peor.
—Si hoy pasa algo, no confíes en mi familia.
Lo dijo muy bajo, mientras se abotonaba la camisa y volteaba hacia la ventana como si temiera que alguien pudiera escucharlo desde el patio. Alma alcanzó a preguntarle de qué estaba hablando, pero Iván solo le besó la frente, levantó a su hijo para abrazarlo fuerte y se fue con esa tensión en los hombros que llevaba meses cargando desde que empezaron las peleas por la casa.
La propiedad donde Alma, Iván y el niño vivían no estaba del todo regularizada. Había sido del padre de Iván, un hombre callado que murió un año antes en circunstancias demasiado rápidas para una familia tan controladora. Doña Beatriz repetía que había sido el corazón. Iván decía que a su padre no lo mató el corazón, sino el miedo. Nunca le explicó del todo por qué, pero desde la muerte del señor Rogelio había cambiado. Revisaba papeles de madrugada, escondía copias de escrituras, hablaba en voz baja por teléfono y cada vez que su madre aparecía de visita, él terminaba temblando de rabia.
Aquella noche, frente al ataúd cerrado, Alma quiso abrazarse a algo concreto, a un detalle que le permitiera creer que todo era real. Pero no la dejaban acercarse. Si daba un paso hacia el féretro, doña Beatriz se le cruzaba con una vela, con una bandeja, con una orden disfrazada de preocupación.
—No lo abras.
—No te acerques tanto.
—Déjalo descansar.
Descansar. La palabra le raspó por dentro. Era su esposo. El padre de su hijo. El hombre que había dormido con ella apenas la noche anterior, el mismo que dejaba la toalla mojada sobre la cama y se reía cuando el niño lo imitaba. ¿Cómo podían pedirle que aceptara tan rápido un ataúd cerrado y una historia a medias?
Lo más insoportable no era el dolor. Era la sensación de que todos estaban cuidando una versión.
Nadie hablaba del accidente con naturalidad. Nadie decía dónde ocurrió exactamente, quién lo reconoció, a qué hospital lo llevaron, qué médico firmó. Cuando Alma preguntó por el nombre del forense, su cuñado Tomás apretó la mandíbula y se sirvió café sin mirarla.
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