FINGIÓ ESTAR EN COMA — PERO LA CÁMARA REVELÓ LO QUE LA MADRASTRA LE HACÍA AL HEREDERO… El pitido del monitor cardíaco era lo único que rompía el silencio. Bip, bip, bip. Regular, constante, vivo. Pero Diego Navarro no se movía. Llevaba 5 días sin abrir los ojos, sin hablar, sin responder a ningún estímulo.
Los doctores del Hospital San José Tec de Salud en Monterrey habían usado todas las palabras: traumatismo cráneo encefálico severo, edema cerebral, estado vegetativo persistente, pronóstico reservado. Su esposa Isabela lloraba en la esquina del cuarto privado.
Lágrimas perfectas que corrían por sus mejillas sin arruinar su maquillaje Chanel. Su vestido de luto dolabana negro contrastaba dramáticamente con las sábanas blancas del hospital. Parecía una viuda de película, hermosa en su dolor.
Pero Diego podía escucharla. Cada palabra, cada suspiro, cada paso de sus tacones lubutín contra el piso del linóleo. Porque Diego Navarro no estaba en coma. Había despertado hace 3 días, a las 4:47 de la madrugada, según el reloj digital en la pared que podía ver desde su ojo izquierdo, el único que lograba abrir una rendija microscópica sin que nadie lo notara.
Despertó al sonido de una conversación. una conversación que no estaba destinada a sus oídos. Cuánto tiempo más, la voz de Isabela, pero no era el tono dulce y preocupado que usaba cuando los doctores estaban presentes.
Era frío, calculador. Los doctores dicen que podría ser semanas, meses incluso o nunca. La segunda voz era masculina, joven, no la reconocía. No tenemos meses. El testamento entra en efectos y está incapacitado por más de 6 meses.
Necesito que muera antes de eso. El monitor cardíaco de Diego había acelerado solo un poco. De 68 latidos por minuto a 74. Cálmate, había dicho el hombre. Nadie está mirando los monitores ahora, pero tienes que controlar tus emociones o vas a hacer que sospechen.
Y el niño Santiago está con la nana en la casa, no sabe nada. Bien, mantenénlo así. Y recuerda, cuando Diego finalmente muera, tú eres solo el chóer que me ha estado consolando en mi dolor.
Nada más. ¿Entendido? ¿Entendido? En ese momento, Diego había tomado una decisión. No abriría los ojos, no hablaría, no daría ninguna señal de que estaba consciente, porque si Isabela sabía que podía escuchar, él estaría muerto antes del amanecer.
Así que permaneció inmóvil, paralizado por elección, no por daño cerebral, y escuchó. y lo que escuchó en los siguientes tres días le heló la sangre. Ahora, 5 días después del accidente, Isabela estaba sola con él en el cuarto.
Los doctores habían salido hace 20 minutos. Las enfermeras estaban cambiando turnos. Era el momento perfecto, el momento en que ella bajaba su máscara. Se acercó a la cama. Diego podía oler su perfume, Chanel no 5, el mismo que usaba Carolina, su primera esposa, la madre de Santiago, muerta hace 2 años de cáncer.
Isabela se había asegurado de usar el mismo perfume para honrar su memoria, había dicho. Diego había pensado que era un gesto dulce. Ahora sabía que era apropiación, manipulación. Patético, susurró Isabela.
Su voz tan baja que solo alguien a centímetros de distancia podría escuchar. Diego Navarro, el gran magnate, dueño de Navarro Industries, 800 millones de pesos en activos y ahora un vegetal.
Se rió. No era una risa histérica, era genuinamente divertida. ¿Sabes lo mejor? Que tu hijo, tu precioso Santiago, va a crecer pensando que yo soy lo mejor que le pasó, porque voy a ser la viuda perfecta, la madrastra dedicada.
Y cuando cumpla 18 y controle su herencia, se detuvo. Bueno, los accidentes pasan, especialmente a adolescentes imprudentes. Diego quería gritar, quería levantarse, quería envolver sus manos alrededor del cuello de esta mujer y apretarlas hasta que dejara de hablar para siempre.
Pero no se movió. No podía porque el momento en que revelara que estaba consciente perdería su única ventaja, información. El Dr. Ramírez dice que probablemente nunca vas a despertar, continuó Isabela, ahora caminando hacia la ventana.
Pero incluso si lo haces, el daño cerebral va a ser tan severo que vas a ser un vegetal de todas formas. No vas a poder hablar, no vas a poder caminar, no vas a poder alimentarte solo.
Se giró mirando directamente al cuerpo inmóvil de Diego. Y yo voy a estar allí, la esposa fiel, cuidándote, alimentándote con cuchara, limpiando tu saliva, mientras gasto cada peso de tu fortuna en lo que yo quiera.
Perfecto realmente, porque vivo o muerto ya perdiste. La puerta se abrió. Isabela cambió su expresión instantáneamente. Depredadora a esposa preocupada en menos de un segundo. Era la enfermera de turno.
Gloria, una mujer de 50 y tantos años que había sido particularmente amable con Isabela. ¿Cómo está, señora Navarro? Igual la voz de Isabela temblaba perfectamente, sin cambios. Los doctores dicen que que tal vez nunca no terminó la frase, solo dejó que las lágrimas cayeran.
Gloria puso una mano en su hombro. Tenga fe, los milagros pasan. Lo sé. Es solo que es tan difícil ver al hombre que amas así, tan indefenso. Diego sintió náusea, pero mantuvo su respiración regular.
16 respiraciones por minuto, exactamente lo que el ventilador mecánico dictaba. ¿Necesita algo?, preguntó Gloria. Un café, ¿ag? No, gracias. Solo quisiera un momento a solas con él. Si no es mucha molestia, por supuesto, voy a estar en la estación de enfermera si me necesita.
Gloria salió. La puerta se cerró con un click suave. Isabela esperó 10 segundos, 20, asegurándose de que estaban realmente solos. Luego sacó su teléfono. “Soy yo”, dijo cuando alguien contestó.
“Sí, todavía en coma. Los doctores no esperan cambios.” “No, no hay nadie más. Su madre murió hace años. No tiene hermanos, solo el niño. Exacto. Santiago, 7 años. Controla el 60% de la compañía en fide y comiso hasta que cumpla 18.
Lo sé. Por eso tenemos que ser pacientes. Pausó escuchando. No seas ridículo. No lo voy a matar aquí. Demasiadas cámaras, demasiados testigos, pero una vez que lo denta, una vez que esté en casa bajo mi cuidado, se rió.
Bueno, ya sabes lo que dicen. Las personas en estados vegetativos son muy susceptibles a infecciones, neumonía, sepsis, cosas que pasan naturalmente. Diego sintió algo húmedo en su mejilla, una lágrima.
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